sábado, 13 de julio de 2013

No sé si ésto será un adiós

No es nada fácil escribir ésto. Llevo semanas dándole vueltas y cada vez estoy más convencida de que es el momento de dejar este blog. Me da mucha pena abandonar, pero he perdido la motivación y las ganas de escribir aquí lo que me pasa, de hablar de mí y de mis niños. Tampoco tengo ganas ahora de leer sobre crianza, y apenas sigo los blogs de otras madres. Ya estuve tentada de abandonar cuando nació Julio, pero me parecía injusto para él. Sin embargo, el día ha llegado y espero que en el futuro no me reproche que Manuel tenga un diario de sus primeros cinco años, mientras apenas he escrito diez párrafos sobre él y ya ha cumplido un añito.

Son momentos distintos, necesidades y etapas que no tienen nada que ver. Cuando empecé el blog, sentía que tenía que volcar en algún sitio todas mis dudas y paranoias de madre primeriza. Aquí encontré una manera de desahogarme, y descubrí toda una comunidad de madres que, como yo, estaban inmersas de lleno en la crianza y apenas pensaban en nada más. Ahora sin embargo, tengo mil cosas en la cabeza, tantas cosas que hacer, tantas inquietudes y ¡tan poco tiempo! Escribir el blog se ha convertido en una obligación más, y esa no es la idea, no debería ser así. Sencillamente ya no es mi momento.

Seguramente volveré a escribir, no sé cuándo, no sé si en éste o en otro blog. No sé si ésto será un adiós o solo un hasta luego.

Gracias por leerme y hasta otra.

miércoles, 5 de junio de 2013

Nueve años


El sol lucía con ganas aquel 5 de junio de 2004, las mismas ganas con las que emprendimos nuestro futuro juntos, nuestra vida con las manos entrelazadas. Aquel 5 de junio nos prometimos amarnos, y hemos hecho mucho más. Hemos hecho locuras, hemos tomado nuevas sendas, encontrando piedras, acertando a veces, equivocándonos también. Hemos dado vida y la casa se ha llenado de risas, de alegría, de caos y de ternura. Nueve años juntos, de la mano, mirándonos a veces el uno al otro, pero sobre todo mirando en la misma dirección. Feliz aniversario, gracias por ser también marido ejemplar.

jueves, 30 de mayo de 2013

Cinco años

Hoy mi niño cumple cinco años y no deja de sorprenderme lo mayor que se ha hecho.
Razona como un adulto muchas veces, sabe infinidad de cosas, y tiene esos arranques de adolescencia precoz que me hacen reír y me mosquean a partes iguales. Dice que ahora va a tener que dejar de llamarme "mami" porque ya cumple cinco y los niños mayores dicen "mamá". A mí me suena bién cualquiera de las dos cosas, siempre que no le dé por llamarme por mi nombre o alguna modernidad del estilo.

Puede ser lo más arisco del mundo y negarse siquiera a mirarme a la cara cuando llego del trabajo, o acurrucarse jugando a ser de nuevo un bebé para recibir de golpe todo el cariño que no pide. A veces le gusta que le abrace muy fuerte, y me dice que me quiere hasta la luna ida y vuelta. Otras, me pregunta si ya solo quiero a Julio y no a él, o me dice que él quiere a papi más que a mí porque es "el más guay". Los celos están presentes pero, de alguna forma, se las ingenia para aparcarlos y darle a su hermano todo el amor del mundo con solo mirarle. No quiere que nuestro bebé crezca, y yo tampoco.

Mi lechón tiene un carácter fuerte y un corazoncito frágil. Se lleva bién con todos los niños, sabe relacionarse muy bién y es generoso y amable. Le gusta mucho jugar con niñas a "papás y mamás", pero también puede pasar horas pegándole al balón. Con los adultos sigue siendo bastante cardo tímido, y aún no consigo que salude y se despida con normalidad. En casa se porta cada vez mejor, vá aceptando  que las normas están ahí para cumplirse, asume algunas responsabilidades (recoger sus juguetes, su ropa, poner la mesa...) y en general la convivencia vá siendo más fácil. Parece que tantos años repitiendo las cosas van dando frutos. Sigue teniendo constantes cambios de humor, pero ya no tiene rabietas, aunque se ha vuelto muy "sentido", y cuando me enfado seriamente con él llora desconsolado hasta que consigue que le perdone y le abrace.

Yo cumplo hoy también cinco años como madre, y, al igual que el lechón, he aprendido en el camino muchas cosas. También igual que él, me queda toda una vida para seguir aprendiendo, para crecer como madre y como persona. Hoy ando desbordada organizando una fiesta de tiburones que me tiene atacada hace dos semanas. Lo hago con tanto cariño e ilusión que espero disfrutar de la fiesta tanto como mi cumpleañero. Una de las mejores cosas de ser madre es poder volver a la infancia de vez en cuando y vivir con emoción las pequeñas alegrías, que son después de todo la materia de la que está hecha la felicidad.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Matronatación

Sabía que nadar con un bebé es una experiencia maravillosa, y ahora lo estoy disfrutando por segunda vez. Cuando el lechón tenía ocho meses también fuimos a matronatación, e igual que entonces, hace ya cuatro años, a boquerón le encanta el agua y disfruta muchísimo chapoteando y familiarizándose con el medio. Además, desde que se acabó la baja maternal, el pequeño no tiene a menudo la compañía de mami en exclusiva, así que la matronatación es una excusa buenísima para pasar un rato los dos solos una vez a la semana, sin interferencias ni interrupciones de su hermano mayor.

La clase consiste en media hora de ejercicios acuáticos en los que el bebé va siempre en brazos de su madre pero se le va dando cada vez una mayor autonomía. No se trata de que el bebé aprenda a nadar, algo que raramente hará antes de los tres años, sino de que se encuentre a gusto en el agua y disfrute de ella con naturalidad y la seguridad de tener a su madre al lado. Aprenden a flotar agarrados al churro, a sujetarse en el bordillo, a mover piernas y brazos y cosas así. Después de mi experiencia con el lechón estoy aún más convencida de los beneficios de estas sesiones, ya que he visto una evolución muy buena en él, que aprendió a bucear casi sin ningún esfuerzo, puede flotar sin manguitos desde los tres años y no ha tenido nunca miedo a sumergir la cabeza, cosa que he visto que les pasa a muchos niños cuando empiezan a recibir clases de natación más mayorcitos.

Si los bebés están cómodos en el agua, se les sumerge la cabecita para que buceen unos segundos y aprendan, o recuerden, cómo cerrar la glotis para no tragar agua. Es curioso que la mayor parte de los bebés reaccionan muy bién a la zambullida, y que normalmente nos asusta más a los padres ver a nuestros hijos bajo el agua, mientras ellos salen a la superficie con una sonrisa en la cara. Es el caso de Julio, que disfruta tanto de las clases y muestra tantas ganas y entusiasmo que la monitora le llama ya "el Michael Phelps de los bebés". ¡Por algo le llamamos boquerón!

domingo, 14 de abril de 2013

Mi abuela


Recuerdos de hace ocho o diez años vuelven hoy a mi memoria. Los tenía aparcados porque resultaban demasiado dolorosos pero, curiosamente, hoy me sirven de consuelo. No quiero que los últimos años de la vida de mi abuela, tiempos de deterioro y decrepitud, empañen tantas y tantas memorias de su cariño a la gallega. Un cariño que ella no demostraba como una abuela común. No daba besos sonoros ni malcriaba comprando regalos o helados. Ella vivió la posguerra y no estaba por mimar a sus nietos ni sabía qué era eso. Lo hacía sin embargo, nos malcriaba sin darse cuenta, siempre frente a los fogones, preparándonos de postre, un martes cualquiera, arroz con leche o plátanos fritos.

Mi abuela escribía con una preciosa y temblorosa letra de caligrafía. La ortografía no era lo suyo pero sumaba y restaba a toda velocidad, repasando los números con un lápiz de punta gruesa y rayas amarillas y negras. Las cuentas fueron lo suyo, ella llevaba al dedillo los números de la tapicería, y eso que tuvo que dejar la escuela muy pequeña para cuidar a su madre enferma. Debió de ser muy duro para ella porque lo recordaba a menudo. Era coqueta, nunca perdonó la peluquería semanal, y se teñía su abundante cabellera de rubio platino. Aún puedo verla depilándose las cejas frente a la ventana y pintándose los labios muy despacio, se notaba que disfrutaba haciéndolo. Se ponía muy guapa para la misa del domingo, y salía airosa, como la Flor de la Canela, del brazo de su amor, mi abuelo David.

Ella le llamaba Daví, sin la d final, porque el acento gallego la acompañó toda la vida. Tampoco pronunciaba la “C” de “perfecto” y se preocupaba mucho de taparnos con chaquetas y batas porque, advertía, “podéis enfriar”.

Tenía la increíble capacidad de dormirse en cualquier lugar y circunstancia, no importaba el ruido que hubiera alrededor:  ella no perdonaba su “cabezada” después de comer, con las voces del telediario de fondo. Cuando se despertaba, con cara somnolienta musitaba “qué es?”.  Después se levantaba deprisa, no se quedaba sentada para ver la novela, porque ella trabajaba, trabajaba mucho y hasta muy tarde, como solo una mujer gallega puede y sabe hacerlo.  Así, con el bocado en la boca, salía presurosa para reanudar su tarea de cortar, coser y casar dibujos en la tapicería, al lado de David, su compañero, su amor y su vida.

Los recuerdos de mi abuela huelen a empanada, a leche frita, a filetes rebozados y a filloas. Ella sabía cocinar cuatro cosas pero lo hacía mejor que nadie. Hace ya mucho que extraño sus guisos y sus sonrisas. 

Después de comer a ella le gustaba tomar el “dulce” acompañado de una copita de coñac, y siempre protestaba negando con la mano porque le servíamos mucho… aunque al final se lo bebía enterito. Nunca existió nadie más feliz que mi abuela cuando tenía“el dulce” en una mano y su copita en la otra.
Así me gustaría recordarla. Feliz comiendo el postre, o vestida para ir a misa, como un brazo de mar, con el bolso y los zapatos rojos haciendo juego y del brazo de su David. Tan airosa, tan ufana, con su espalda bién recta. No quiero que el Alzheimer me robe también estos recuerdos, además de haberme robado los últimos años de mi abuela. Descanse en paz.

domingo, 7 de abril de 2013

Jornada escolar continua: ¿sí o no?

El colegio del lechón ha iniciado un procedimiento para modificar la jornada escolar. El proyecto consiste en cambiar el horario habitual, de 9 de la mañana a cuatro de la tarde con el consiguiente descanso a la hora de comer, por una jornada continua de clases sólo por la mañana. Según la información enviada por el cole, pese a tratarse de una jornada más corta, no hay una disminución de las horas de clase, solo que están comprimidas para "reorganizar" el horario, que pasaría a ser de 9h. a 14h. Los niños tendrían cinco sesiones de clase de 50 minutos cada una con un descanso a media mañana. A continuación, seguiría funcionando el servicio de comedor, con recreo hasta las 16h. De esta forma, aquellos afortunados cuyos padres se puedan permitir recogerles a las 14h. se van a casa felices cual perdices a disfrutar de buenísima comida casera, para a continuación dormir la sagrada siesta, tirarse a la bartola, o hacer lo que les dé la gana toda la tarde

Cuando por primera vez leí la información que envió el cole, me pareció que para los niños supondría una increíble mejora de la calidad de vida. De hecho, cuando volvimos de Bali, donde la escuela infantil cerraba sus puertas a las tres como muy tarde, los horarios en España me parecían maratonianos para los pobres peques. Me daba pena que tuvieran que pasar allí casi todo el día... Sin embargo, no es más que un reflejo de la vida que llevamos los mayores. La jornada laboral española, tan absurda como poco compatible con la vida familiar, obliga a que los niños, sobre todo los más pequeñitos, pasen en el cole tantas horas. ¿La solución? Para mí no está en cambiar de raíz el horario del cole, sino en mejorar los horarios de trabajo de los padres: crear jornadas laborales más flexibles, horarios continuados, olvidar el descanso de dos horas para comer, y que los jefes dejen de poner las reuniones a las cuatro de la tarde de  una puñetera vez.

Por suerte el proceso de cambio en el cole está sujeto a la votación de padres y maestros. No me cabe duda que los profesores están en pro del cambio -yo si fuera profesora haría lo mismo-y para ello han organizado una jornada informativa, me imagino que en aras de convencernos de las bondades del horario matutino. Aunque no he podido asistir a la reunión, por sentido común imagino que los niños rinden más por la mañana, que después de comer las clases se convierten en una batalla campal, que los niños están atocinados y no hay quien haga que 25 chavales atiendan al profesor a las tres y media de la tarde y en mitad de la digestión.

Tampoco he asistido a las tres o cuatro reuniones convocadas por el AMPA, en las que, por lo que he estado leyendo, se han manifiestan en contra de la jornada continua, porque según ellos supone una disminución de horas lectivas encubierta, y nos alertan del peligro de que, a la larga, se suspendan servicios como el comedor escolar, las actividades extraescolares, la ruta... para que, al fin y a la postre, todos los niños tengan que salir a las dos de la tarde, y allá te las apañes.

El próximo 12 de abril será la votación y aún estoy indecisa. Quiero hacer lo que sea mejor para Manuel (y para Julio en el futuro) independientemente de lo que a mí me venga bién. Y aunque la jornada continua puede llegar a ser un problema en caso de que se cumplan los vaticinios del Ampa, es tal vez más cómoda de llevar, y quizá de verdad mejore el rendimiento académico de los niños. ¿Alguna opinión?

viernes, 29 de marzo de 2013

Charlas en Albarracín

Hemos pasado unos días de la Semana Santa en Albarracín, un pequeño pueblo de la provincia de Teruel. Además de constatar lo mal comunicada que está la zona con Madrid y no tener dudas de porqué en su día necesitaron la famosa campaña "Teruel existe", hemos tenido la oportunidad de pasar juntos, los cuatro, largas e intensas horas de convivencia como desde el verano no recordaba.

Ya somos, definitivamente, una familia de cuatro miembros, y, lenta que es una, no lo voy a negar, abro los ojos en estos días de vacaciones para darme cuenta de lo mucho que ha cambiado este  pequeño clan desde la llegada de Julio. El lechón anda cada día más celoso y con ganas de demostrar que es ya muy mayor, con una rebeldía constante, y al tiempo de volver con sus plumas al cascarón para evitarse regañinas y disfrutar de las carantoñas que parece que ahora están reservadas solo para Julio. Tiene momentos en los que le dejarías el día entero de cara a la pared, y otros en los que nos deja sin palabras con su madurez y su inteligencia.
Como anoche, mientras cenábamos en uno de esos restaurantes de pueblo de los de "ensalada de la casa y huevos fritos con longaniza". La conversación tuvo lugar como sigue:

Papá Ejemplar: Le podemos decir a mi madre que venga el sábado a quedarse con los niños y así salimos
Yo: Vale, buena idea
Lechón: ¡Claro! como la abuela no tiene novio jajaja, porque el abuelo Pepe ya se murió... pues puede venir a quedarse con nosotros 
Papá ejemplar y yo nos quedamos sin palabras, y cruzamos una mirada horrorizada ante la nula empatía/sensibilidad del mayorcito
Yo: Manuel, no se habla así del abuelo Pepe, porque a papi le pone triste
Lechón: ¿y por qué?
P.E: porque era mi papá y yo le echo de menos...
Manuel no muestra interés por la argumentación de su padre, así que éste decide sacar la artillería
P.E: A ver Manuel, ¿tú no te pondrías triste si yo me muriera?
Lechón: tras un largo silencio, Paaaapiiii, pero es que todos nos tenemos que moriiirrr...
Yo: (intentando quitarle hierro al asunto porque la cara del P.E era un poema...) bueno, es que es un poco pequeño para entender lo de la muerte no?
P.E: (haciendo caso omiso de mi intervención y seguro al cien por cien de que su hijo carece de sentimientos) Si, pero a mí me gustaba hacer cosas con mi papi, como ahora, que estamos tomando los dos helado de vainilla, a él también le gustaba el helado de vainilla ¿sabes?
A continuación, sin previo aviso, el lechón pone ese gesto en la boca de estar a punto de romper a llorar, ese puchero inconfundible y suelta la siguiente frase: Papi, pero tienes mucha suerte porque tienes dos hijos.

Esta vez nos cruzamos una mirada perpleja, y sin palabras decidimos cambiar de tema de conversación porque parecía que estaba tomando un camino farragoso... Y así nos quedamos, despistados como dos canguros en una carretera camino a Teruel.

domingo, 17 de marzo de 2013

¡Dice mamá!

Diréis que son imaginaciones mías, que la maternidad doble me ha nublado la razón. Pero os equivocáis. Julio dice Mamá, y lo hace con conocimiento de causa. Os lo juro. No puede ser más adorable. Lo dice cuando necesita ayuda para agarrar el chupete, cuando quiere bracitos, cuando no es capaz de darse la vuelta en la alfombra del salón, cuando su hermano le aplasta con uno de esos abrazos suyos tan delicados...

Cualquier excusa es buena para que me alegre el oído con esas dos sílabas maravillosas: MA MÁ. Pronuncia una M perfecta y acentúa la segunda A para que no haya ninguna duda. Con Manuel tuve que esperar 14 largos meses para oírselo decir, pero ya se sabe, el segundo hace la media.
Por lo demás está mi bebé de lo más espabilado, aunque de gatear nada de nada. Se pirra por el teléfono móvil, el mando de la tele y cualquier aparato con botones múltiples. Se lo pasa bomba dando grititos y el colmo de la diversión es bañarse con su hermano, a quien adora. Tiene ya los dos dientes de abajo y los de arriba aún no le han salido pero están a puntito, dicho sea de  paso que nos están dando bastante guerra. Sin embargo, últimamente duerme mucho  mejor por la noche. Se come el puré de verdura y el de fruta a velocidad de vértigo, y el bibe de cereales ya no digamos. Nadie tiene ni idea de a quién se parece. Es un bebé tranquilo y tragón de los que te hacen decir eso de "habría que tener siempre un bebé en casa". Y si dice MAMÁ con menos de nueve meses... aún más!

P.D: disculpad este mes y medio de silencio bloguero. Ha sido una locura laboral y personal. Estoy en pleno propósito de enmienda

martes, 5 de febrero de 2013

Tribulaciones próximas al Carnaval

Mientras el pequeño pasa por su quinto o sexto episodio catarral de lo que va de invierno (y lo que nos queda), esta humilde mamá se enfrenta a días de trabajo intenso tras noches interrumpidas por llantos desconsolados. Doble jornada, laboral y maternal, para terminar los días exhausta en el sofá, haciendo equilibrios entre la crianza del pequeño y la educación del mayor, mientras intento tener de vez en cuando vida en pareja, mirar a la cara al contrario y hacerle algún arrumaco, pintarme el ojo y ponerme un tacón para que se acuerde de por qué se casó con una, etc, etc...  Yo creía que ya de por sí mi día a día era difícil, pero mira por dónde que puede haber un más difícil todavía, y eso viene cuando en el cole te ponen deberes.

 Resulta que en aras de celebrar el Carnaval, el colegio nos pide ayuda a "los padres" (el genérico en este caso es un eufemismo doloroso, porque todos sabemos que del asunto disfraz nos vamos a encargar nosotras). Y nuestra misión consiste, nada más y nada menos, que en diseñar, cortar y coser para el lechón un disfraz de nota musical. Para tal fin, y siempre según las directrices del cole, hay que comprar tela de fieltro blanco (misión nada fácil y que, por suerte, he podido delegar en la Nana), cortar y coser una casaca que llegará por encima de la rodilla, sobre la cual se pegará la corchea negra, previamente recortada en fieltro negro, de manera más o menos centrada a la altura del pecho del infante.

A ello se dispone una servidora, y tengo temblores solo de pensarlo. Lo que para otras mamás seguro que será una actividad divertida para pasar una tarde con sus hijos, a mí se me hace un mundo. Y es que me vienen a la memoria recuerdos del cole, de la clase de labor, en la que una monja muy gruñona nos enseñaba a hacer vainica y mis manos torpes y chapuceras llenaban aquel pañito de lino de errores y de mugre. Lo de la costura es para mí un mundo desconocido, y las manualidades en general no son mi fuerte, ¡y eso que soy nieta de tapicera! Cuando me enfrento a retos como éste pienso en lo mucho que hemos evolucionado las mujeres para que, al fin y a la postre, la maternidad nos coloque de nuevo frente a nuestras ancestrales misiones... ¡a coser!

martes, 29 de enero de 2013

Educar

Hay días que la tarea de educar se convierte en el mayor reto al que jamás te has enfrentado. Días en que educar se hace tan cuesta arriba que te quedas sin aliento, sin fuerzas e impotente viendo cómo tus esfuerzos son en vano, porque a medida que das un paso para subir la maldita cuesta, el horizonte parece más lejano. Educar un hijo es la misión más difícil que me he planteado, y también la más importante. Conducirles, formarles, acompañarles, inculcarles valores... todo para ayudarles a llegar a la edad adulta como personas decentes, con la cabeza sobre los hombros, personas íntegras, seguras de sí mismas, confiadas y en quienes se pueda confiar. Ese es para mí el objetivo de la educación, y más vale que no lo pierda de vista. Porque a medida que se sube la empinada cuesta, a veces uno se olvida de la cima que buscamos. Y no conviene.

Porque a veces, después de un día duro de trabajo, se me olvida lo importante, y tomo atajos, olvidando esa cima que queremos alcanzar. Esos días caigo en la tentanción de enchufarle a la tele con cualquier excusa "porque está insoportable". No me detengo a pensar en el por qué de determinadas actitudes. No busco comprenderle, sólo intento que me deje tranquila. Y es que nadie dijo que fuera fácil... y educar es un trabajo 24/7/365.

Educar es también empatizar... Averiguar si le ha pasado algo ese día en el cole, si está cansado, si los celos han hecho de las suyas, ¡son tantas cosas! estar atenta a sus necesidades, fijarme si necesita más mimos, o más espacio...  Para que él sea sensible, más vale que lo seamos nosotros con él. Educar es enseñarle que cometer errores no es el problema, que lo seguirá haciendo toda la vida, lo malo es no darse cuenta y no rectificar.

La teoría más o menos me la sé, pero educar a Manuel está siendo complicado, muy complicado. Para ésto no hay normas universales, porque cada niño es un mundo, cada familia un universo entero. Hay días en que me subo por las paredes, me siento impotente, inútil, desastrosa, culpable. Lidiar con la culpa es la peor parte, porque las madres nos encargamos de que nos caiga sobre los hombros el peso del mundo.  Siempre podríamos hacerlo mejor, siempre hay una madre perfecta a la que admirar, con hijos que saludan correctamente, dicen gracias y por favor.

 Igual que Manuel, yo también estoy aprendiendo por el camino. Y cada vez más, veo que educar es sobre todo hacer las cosas bién, o al menos intentarlo, es ser un buen ejemplo, porque educa más lo que hacemos que lo que decimos, infinitamente más. Y en ello estamos.

jueves, 24 de enero de 2013

Santo Tomás de la Conciliación

El próximo lunes 28 de enero se celebra Santo Tomás de Aquino, y, según me informa el cole del lechón, se trata de un día "no lectivo". Me ha sorprendido el contrasentido de declarar un día no lectivo siendo al mismo tiempo tan laborable y tan lunes como cualquier otro, y ni os cuento lo poco conciliable que me resulta el día de marras con mi trabajo.

Supongo que habrá montones de familias en la misma circunstancia, algo que además ocurre en otras fechas señaladas del calendario en las que los niños no tienen cole y tú te encuentras en la coyuntura de "a ver dónde les coloco". Porque no sé a vosotras, pero a mí se me va al garete completamente la poca paz que pueda yo tener durante mis horas de trabajo cuando sé que el lechón no está en el cole. Si se queda en casa durante esas horas tengo la sensación de haberle dejado tirado, y me preocupa que vea demasiado rato la tele, que se porte fatal, que se aburra... En cambio, cuando está en el cole me invade la serenidad, la tranquilidad de saber que cada uno está en "su lugar", cumpliendo sus obligaciones, aprendiendo, jugando, etc.

Pues bién, mi serenidad a tomar viento el próximo lunes, en aras de celebrar la Onomástica de un buen señor, filósofo, teólogo, gran erudito y patrón de las universidades y escuelas católicas... del que yo no había oído hablar mucho, la verdad. Y digo yo, es patrón de las escuelas CATÓLICAS y mi hijo vá a un Colegio Público y que yo sepa es laico... pero en fin, que yo misma me respondo y sé que la Navidad es también una festividad religiosa y la celebramos... Así que habrá que merendarse el día no lectivo pero laborable. Y yo propongo, que habida cuenta de que al buén Santo Tomás de Aquino tampoco es que se le conozca tanto, que declaren el 28 de enero "Día de la Conciliación" y que para celebrarlo sea no laborable pero sí lectivo. Sería un buen plan, ¿no?

martes, 15 de enero de 2013

Ojalá fuera pequeño

Ayer, mientras cenábamos, el lechón tuvo una de esas salidas que te dejan boquiabierta. Estábamos en la cocina con Inga, la chica que me ayuda en casa, y él estaba cenando realmente mal, despacio y sin ganas. Cuando llevaba media hora delante del plato para comerse dos cucharadas de arroz yo, que tengo entre poco y nada de paciencia, resoplaba enfadada, le apremiaba, procuraba sobornarle con dibujos, amenazarle... en fin, el pan nuestro de muchas noches en esta casa. En ésto a Inga se le ocurre preguntar:

- Y Manuel cuando era pequeñito comía bién como Julio ahora?
- Si, se lo comía todo muy bién, solo que la fruta no le gustaba tanto como a Julio.

Y el lechón, que parecía no estar escuchando pero no se le escapa una, exclama:

- Jo ¡Ojalá fuera pequeño!
- ¿Y por qué te gustaría ser pequeño?
- Para que no te enfadaras conmigo.

Me dejó sin palabras, y con un sentimiento de culpa que paqué.

sábado, 12 de enero de 2013

Propósitos

Terminaron por fín las navidades, qué liberación. Es verdad que con niños pequeños en casa las fiestas son mucho más llevaderas, y ya no me dan ganas de emigrar a Australia en cuanto veo la primera lucecita encendida. Es cierto que ahora veo la Navidad con los ojos emocionados de mi lechón, y me ilusionan los Reyes, las campanadas o los fuegos artificiales... Sin embargo, la sobredosis de familia, los excesos en el comer y el beber, el consumismo desmadrado... a mí no me van, y espero con ansiedad que llegue el 8 de enero para volver a la bendita rutina. Y no digo el 7 de enero, que es cuando oficialmente se dan por terminadas las navidades, porque resulta que el día 7 es mi cumpleaños... otra fecha señalada que me gusta cada vez menos, entre otras cosas, porque implica alargar aún más el comer y beber de forma desmesurada.

Ahora toca hacer propósitos, claro está, y los míos son muy sencillitos y básicos, que ya hubo un tiempo en que me complicaba yo mucho la vida. A mis treintaytantos recién cumplidos, me conozco lo suficiente como para saber, con toda seguridad, que no voy a ir al gimnasio, es tontería que me apunte, que pague por ello y que me compre el equipamiento más mono y favorecedor. Iré durante dos semanas, un mes a lo sumo,sufriré agujetas, me dará muchísima pereza volver, espaciaré las visitas cada vez más... y luego si te he visto no me acuerdo.

Así que mis propósitos no van de eso. Van de cuidarme, a mí y a los míos, sobretodo al papá ejemplar y a los niños. Disfrutar mi tiempo con ellos, hacer muchas fotos (pero con una cámara como es debido, no con el móvil), protestar menos y enfadarme solo lo justo. Llevar al lechón a ver más museos y parques y menos centros comerciales. Ir al cine de vez en cuando a ver una peli que no sea de dibujos. Ir a Pilates un día a la semana, y al osteópata al menos cada mes y medio para no vivir enganchada al ibuprofeno. Aprender a bailar salsa. Reirme más. Escaparnos a esquiar algún fin de semana. Y sobretodo, si no hago nada de lo anterior, que es bastante posible... quiero valorar todos los días la suerte que tenemos, ese es mi propósito para el 2013. Darle gracias a la vida por estar juntos, sanos, tener trabajo y dos tesoros a los que cuidar con todo el amor del mundo.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Hermanos

El lechón dice que no quiere que Julio se haga mayor, que quiere que se quede como ahora para siempre. Nosotros le decimos que cuando sea mayor será más "diver" porque podrán jugar juntos y tal, pero él sigue en sus trece y responde convencido: "ya, pero no será tan mono". Ésta es solo una de las muchas pruebas de Amor que vemos a diario del lechón al bebé. Ver como estos dos se adoran es una de las experiencias más gratificantes que he vivido como madre, y seguramente también como persona. Se me cae la baba a chorros cuando Manuel le hace a su hermano cualquier monería y éste le recibe con el máximo alborozo, riendo a carcajadas, agitándose de satisfacción... Me ha sorprendido muchísimo la actitud del lechón como hermano mayor, tan consciente, tan amoroso. Me parece que ha crecido mucho en todos los aspectos desde que Julio llegó a nuestras vidas.

A su pequeña manera me ayuda a cuidar de su hermano pequeño. Me abre las puertas para que yo pueda pasar con el cochecito, si vamos solos en el coche me dice si el hermanito se ha dormido o está despierto, le pone el chupete, le canta canciones para que no llore. Me emociona que se haya aprendido las típicas canciones de palmas palmitas, higos y castañitas, los cinco lobitos... aunque a él no le harían falta porque sólo con que le dirija al boquerón un par de sonrisas el otro se deshace de adoración. Copia mis muletillas y le habla en el mismo tono que yo, que me muero de ternura escuchándole. Me pide que le deje ver la tele a su lado, o que le siente en su habitación para que vea cómo juega, sabedor de que el pequeño es el mejor público de sus payasadas, el mayor admirador de sus proezas. Y sin embargo, los celos están ahí, y se notan en llamadas de atención a base de mal comportamiento, en absurdas rabietas inexplicables, en ataques de mal genio sin venir a cuento. Pero nunca, hasta ahora, los celos se reflejan en malas caras hacia su hermano, que solo recibe la mejor parte del lechón y constantes muestras de cariño.


Ya vendrán tiempos en que se lleven fatal, como todos los hermanos. Tiempos en que haya que mediar para evitar peleas... espero que tarden en llegar. Pero ahora no quiero pensar en eso, quiero disfrutar de momentos como el de la foto, cuando Manuel se mete en la cuna de Julio para achucharle y decirle cosas bonitas mientras Julio se ríe a carcajadas

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Malas noches

No es que sea una excusa para tener el blog en estado de abandono... pero llevamos un mes sin levantar cabeza. El lechón va ya por el tercer catarro este otoño, y tal como los pilla se los contagia sin piedad al hermanito. Lo que en el mayor suelen ser unos mocos sin importancia se convierte para Julio, y de rebote para toda la familia, en una colección de síntomas: mocos, irritabilidad, falta de apetito, vómitos, gases... que no nos dejan vivir y, sobretodo, dormir.

Vivo como un zombie y las ojeras me llegan a la barbilla. Julio se despierta llorando una media de cinco veces por noche, y la única manera de calmarle es pasearle un buén rato por toda la casa, darle masajes en la tripita para aliviar los gases, sacarle los mocos con el sorprendente artilugio diseñado para tal fín para, al final, dejarle en su cuna con mucho cuidado, lenta y suavemente como si fuera una bomba de relojería, rezando bajito para que tarde en despertarse de nuevo. Y ésto suele ocurrir, al menos las tres últimas noches, entre media hora y dos horas después. Seguramente los torturadores nazis se inspiraron en estas noches para crear sus métodos. Tengo verdadero miedo de que en una de éstas, si seguimos así, me quede dormida de pié con Julio en brazos, o le tumbe sin querer en la bañera en lugar de en su cuna, tal es mi estado lamentable cada vez que tengo que levantarme. De hecho ya me dí un golpe en el dedo del pié al tropezarme en la oscuridad hace dos semanas y estuve coja un par de días. Sólo espero que ésto pase pronto porque el papá ejemplar y yo estamos al borde del colapso. Está claro por qué los bebés son tan adorables, suaves, dulces y huelen tan bién. La naturaleza es sabia y se asegura de que los padres no sean capaces de abandorles a su suerte cuando las fuerzas les flaquean.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Los celos eran ésto

Estaba yo más que avisada, y hasta cansada de oír la consabida pregunta, "¿qué tal lo lleva el mayor?". Le decía a todo el mundo que muy bién, que está encantado con su hermanito, que le adora y le colma de mimos y atenciones. Orgullosa contaba yo lo mucho que nos ha sorprendido lo bién que ha asumido su nuevo papel, lo cariñoso que es con su hermano. Y ha sido eso lo que me ha despistado durante estos (ya!) cinco primeros meses del pequeño. No sé porqué yo pensaba que los celos se manifiestan en una animadvesión manifiesta hacia el rival, y me los imaginaba como algo mucho más evidente, que vería claramente, como un alumbrado de luces de neón. Pero resulta que me ha estallado en las narices porque se ha ido fraguando lenta y sutilmente sin yo darme ni cuenta. Mis alarmas saltaron cuando el lechón perdió el apetito de forma muy llamativa, y, en mi lucha diaria para que comiera, me dí cuenta de que su negativa a comer era como un grito de auxilio diciendo "mami, hazme caso!". Lo malo, o lo bueno, es que conseguía esa tan necesaria atención por mi parte pero no para bién, sino para enfadarme y reñirle por no comer, o para enviarle a la cama sin su ratito de dibujos o su premio. Creo que las madres nos sentimos fracasadas si nuestros cachorros no comen, debe de ser algo atávico, es como si nuestra misión más importante, nuestro trabajo, lo estuviéramos haciendo mal, como si no lo supiéramos completar. Así me sentía yo y por eso le echaba unas charlas monumentales para que comiera, que a él por un oído le entraban y le salían por el otro. Un día me caí del guindo y me dí cuenta de que los celos eran ésto... y me llevé un buen disgusto, sobre todo porque me sentí tan culpable como solo una madre puede hacerlo. Vi entonces en sus ojos la decepción, el enfado, la tristeza... pero la culpable era yo, no su hermano... Por suerte o no, eso lo tiene muy claro, por ahora.

El papá ejemplar, que es en estas crisis cuando se gana de verdad el apodo, tuvo el temple para diseñar una estrategia hacia el tema de la comida que parece que va funcionando. Quitarle importancia, dejar de reñirle y de castigarle, y darle la oportunidad de decidir por sí mismo cuándo quiere volver a comer, porque según dicen ningún niño se mata de hambre. Para los hijos es tan importante nuestra atención, nuestra mirada, nuestro tiempo en su compañía, que prefieren vernos enfadados, ganarse una bronca, quedarse sin premios, lo que sea pero siendo ellos los protagonistas... y si es robándole el papel a su hermanito pequeño, mejor que mejor. Desde que ha visto que dejar de comer no le da minutos extra de atención por mi parte parece que vuelve a tener apetito. Además, yo he enterrado el hacha de guerra y procuro enfadarme menos con él para que no tenga la impresión de que él solo se lleva regañinas y el bebé recibe todos los mimos.  Y por supuesto la mejor terapia para los celos: atención y mimos, que él no pide pero necesita muchísimo. Volver a tratarle un poco como un bebé hace que le rían los ojos, buscarle para darle un mordisco, perseguirle para comérmelo a besos... cosas que, mea culpa, llevaba mucho tiempo sin hacer. Porque mi niño mayor está muy alto y a veces se me olvida lo pequeñito que es todavía.

martes, 20 de noviembre de 2012

Deseadme suerte

Ésta es mi última semana de baja maternal. La última de 22 semanas en las que he descubierto lo que supone ser madre de dos,  he disfrutado muchísimo de mis niños, y me he enamorado locamente de mi bebé. Que nadie se ponga celoso ni se ofenda, porque ya dejé claro en otro post que una tiene capacidad de amar para dar y regalar. De mis otros dos varones me enamoré hace más tiempo y no tienen que ver peligrar su puesto de ninguna manera. En estos casos, la necesidad obliga, y una madre puede ser pelín infiel repartiendo entre los retoños, y a partes iguales, achuchones, carantoñas (y regañinas también cuando llegue el momento), sin que peligre ni un poquito la parte correspondiente al papá ejemplar, que llegó primero al corazón materno y eso también tiene que notarse.

Esta baja no ha tenido nada que ver con la primera. Ha sido mucho mejor, como explicaba en este post, la segunda crianza se afronta de una forma más relajada y eso ha sido crucial durante todos los días de mi baja. Cuando nació el lechón la depresión postparto, mezclada con el agotamiento y la inseguridad me dejaron hecha un manojo de nervios. Los últimos dos meses de la baja ya estaba más tranquila y relajada, loquita de amor por mi bebé como ahora, pero aún así recuerdo que, allá por el 2008, cuando aún se ponía en tela de juicio si había o no crisis en España, yo volvía a trabajar con sentimientos encontrados. Por un lado me daba pena dejar a mi precioso bebé, y por otro tenía ganas de reencontrarme con mi yo profesional y recuperar algo de independencia. Secretamente, sentía algo de claustrofobia y veía en el trabajo una posibilidad de salir y tener tiempo para mí. Qué equivocada estaba.

Cuatro años más tarde, de sentimientos encontrados nada, de ganas de yo profesional cero y la indepencia me importa más o menos lo mismo que la liga de Campeones, o sea, un comino. Estoy feliz viendo a diario como crece el boquerón, admirando como sabe ya cogerse los piececitos, siendo testigo de sus progresos a diario, recogiendo al lechón del cole teniendo aún algo de energía y buen humor para afrontar la tarde, paciencia para darle la cena y responder a sus millones de preguntas. No me apetece un pimiento, pero con la que está cayendo cualquiera se queja de tener un trabajo al que volver. Sé que muchos soñarían con mi suerte. No hay que escupir hacia arriba así que, sin protestar ni un poquito, el lunes que viene retomaré la jornada maratoniana de aquellas afortunadas madres que tenemos la suerte de trabajar a doble jornada. En mi caso, jornada reducida-intensiva de nueve de la mañana a cuatro de la tarde/ jornada maternal-extendida de cinco de la tarde a nueve de la noche... si hay suerte y los astros se configuran adecuadamente para que la prole esté dormida a esa bendita hora y hasta la mañana siguiente. Deseadme suerte.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Castigándome

Sé que no está de moda, nisiquiera está bién visto, ni es moderno. Seguramente muchos psicólogos se escandalicen y consideren mi conducta reprobable e impropia de una buena madre. Pero yo hay días en que se me acaban los recursos, y tengo ganas de hacer huelga de maternidad. Así, como suena.

Hoy es uno de esos días, porque a la huelga general se une que a mi lechón se le ha puesto entre ceja y ceja que hoy no come. Tiene días así, y a mí me parece que lo hace para sacarme de mis casillas, porque si no es que no le encuentro explicación. No os creáis que el menú de hoy era difícil, ¡qué va! Cualquiera pensaría que a su madre se le ha ocurrido ponerle delante un plato de acelgas, o un filete de hígado, o de caballa... pero no...

El tema tiene delito, porque el conflictivo menú que hoy nos trae de cabeza son unos inocentes y apetitosos macarrones con salchichas que harían las delicias de cualquier menor de diez años en su sano juicio. Si me apuras, harían las delicias también de una servidora, que lleva dos meses a dieta y muere por un plato de pasta, aunque sea con salchichas. Sin embargo, mi lechón ha decidido que hoy no come y me ha declarado la guerra. Y como para chula yo, y resulta que hoy tengo tiempo y no tengo nada mejor que hacer, pues he decidido que, por mis narices, se come los macarrones. Y así estamos: "si no los quieres para comer te los comes para merendar". Por ahora las dos  primeras batallas las ha ganado él, y se ha comido dos macarrones. Dos. Contados. Ahí está, castigado en su habitación, sin dibujos ni juguetes. Tan testarudo como su madre, pero bastante menos hambriento.

Ni que decir tiene, y si eres madre seguro que me entiendes, que está castigado él pero yo también, y que estoy ahora mismo en un sinvivir, no sólo porque lleva todo el día sin comer, sino porque la culpabilidad me tiene con el corazón en un puño. Y lo peor es que me siento tan mal que estoy dudando si ofrecerle los macarrones también para cenar en plan "a ver quién puede más" o si prepararle un plato de acelgas y comérmelos yo después de recalentarlos por octava vez. ¿Alguna sugerencia?

martes, 6 de noviembre de 2012

Adicta a bebé


Será por sus manitas regordetas, de uñas perfectas y deliciosos pliegues, que eleva al cielo con movimientos rápidos, imprecisos, nuevos cada día.
Será porque tiene todo un catálogo de sonrisas: las de por la mañana después de una buena noche de sueño son las mejores, pero también seduce con las sonrisas tímidas, ésas en las que mete la cabeza entre los hombros un poco ladeada, o las risas divertidas cuando de pronto algo le hace mucha gracia sin que nadie sepa muy bién por qué. Y los hoyuelos... ¡ayyy esos hoyuelos!
Será por los pies, tan pequeños y perfectos, tan suaves que los besarías mil veces.
Será por su olor inigualable: olor a nuevo y recién hecho, a piel suave como la seda, a leche, a miel, a toda una vida por venir.
Será porque me encanta escuchar sus ruiditos adorables mientras se mira las manos en la cuna.
Será por esos ojos que me miran muy atentos, sonrientes, cuando le hablo, le mezo o le canto una canción.

Por todo ésto y mil razones más hoy me declaro completamente adicta. Estoy descubriendo lo adictivo que puede llegar a ser un bebé... y estoy sumida en esta fase y disfrutándola.
Lo malo es que me quedan 20 días de baja maternal y empiezo a tener ya mucho miedo al síndrome de abstinencia

martes, 30 de octubre de 2012

Bebé resfriado por amor

No recuerdo ver a Manuel resfriado cuando era bebé. Creo que cuando por primera vez se puso malito tenía más de un año, así que tener a Julio resfriado ya, por segunda vez, a sus cuatro mesecitos de nada se me hace muy cuesta arriba. Aunque ahora sea una mamá con experiencia, ésto no lo había vivido, así que me pongo de nuevo en la fila de las novatas.

¿Y por qué se resfría el pobre Julio? Pues  ni más ni menos que por amor. Su hermano, que le adora, se abalanza sobre al llegar del cole, se lo come a besos pese a mi horrorizado: "noooo, primero lávate las manos al menooossss", y sin duda le regala todo un menú de bacterias para merendar al pobre. Mientras lo hace, a mí me parece estar viendo a las bacterias y los virus saltar del mayor al bebé con cara de malos bichos, haciéndome burla tipo "chincha rabia que ahora voy y pongo al bebé malito" Y sólo me queda reñir al lechón por su ternura y su adoración por su hermano... Pero no lo hago, ni le castigo ni nada, aunque me desobedezca de manera manifiesta tooodos los días.


Me siento incapaz de enfadarme con él por eso, aunque el resultado sea que llevamos ya dos resfriados en solo un mes. Supongo que entonces me tendría que enfadar también cuando le dice, al oído, para que los mayores no nos enteremos: "te quiero peque peque", o cuando espera, con una paciencia tan inusual en él, a que termine de calmar a Julio durante diez minutos para después ir a leerle su cuento de antes de dormir. No le riño y lo que pasa es que ahora me siento fatal porque Julio lleva dos días moqueando a mares, con los ojos llorosos, con una bracitis aguda que me tiene la espalda hecha puré, y pasando unas noches que ni falta que nos hace la de Halloween de mañana. Pero cuando me asomo a su cuna y sonríe con esta carita se me olvidan todos los males.
Related Posts with Thumbnails