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martes, 17 de julio de 2012

Partos públicos y privados

Allá por el mes de mayo escribí sobre cómo quería que fuera mi parto y sobre mis dudas a la hora de elegir el hospital en el que dar a luz. Como os decía allí, buscaba la manera de tener un parto respetado, humano y todo lo natural que fuera posible.

Después de darle muchas vueltas, mi duda se resolvió sola porque la elección me la pusieron en bandeja mi ginecólogo y su arrogancia. Tras la visita de la semana 34 decidí que mi barriga no se iba a pasear más hasta aquella consulta, y que no iba a ser él quien ayudar a nacer a Julio. Os parecerá una tontería, pero me indignó un comentario suyo sin importancia en el que me trató como a una niña pequeña que no conoce su cuerpo ni sabe la diferencia entre una contracción y una piruleta. Y como no estaba dispuesta a que, de nuevo, me tratara así durante el parto, decidí cortar por lo sano y no volver. Por suerte ya estaba haciendo el doble seguimiento con este ginecólogo privado y también en el Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, público, así que por eliminación me quedé con este último.


Y solo tengo buenas palabras sobre la atención en este hospital, tanto en lo que se refiere al seguimiento del embarazo como, sobre todo, en la asistencia al parto. Yo que desde niña he sido educada en la creencia de que todo lo público es de peor calidad, mientras a lo privado se le presuponen las bondades, me he visto obligada a cambiar de opinión radicalmente.
Por muchas razones que ya conté aquí, mi primer parto fué una pesadilla. El expulsivo especialmente, fué un cúmulo de despropósitos, y me sentí empequeñecida, en un frío quirófano rodeada de desconocidos que me daban órdenes y hasta me reñían. No dejaron entrar al papá hasta el último momento, así que me sentí sola, desbordada por la situación y muy perdida. El resultado fueron pujos ineficaces que no ayudaban a nacer a mi hijo, que al final salió con forceps, mientras yo sufrí una enorme episotomía con desgarro, gran pérdida de sangre y un postparto espantoso.

El día que Julio vino al mundo fué muy diferente. Las matronas del Hospital Puerta de Hierro me hicieron sentir segura, respetada y dueña de la situación. Me pusieron una monitorización sin cables para que pudiera moverme por la habitación durante la dilatación. Los dolores de las contracciones no mejoran porque te traten con respeto, pero lo que sí es cierto es que sentirte fuerte te ayuda a llevarlo mejor, a no tener miedo. Pedí la epidural cuando ya no podía soportarlo más, y una vez más descubrí que no es ni mucho menos milagrosa, porque seguí sintiendo dolor, aunque un poco amortiguado. La matrona no rompió la bolsa artificialmente, estuvo pendiente de mí pero dejándonos también nuestros momentos de intimidad. Incluso el ambiente del paritorio, un lugar mucho más amable y parecido a una habitación, el hecho de poder estar acompañada por el padre en todo momento, son pequeñas cosas que me ayudaron a parir con naturalidad, a soportar los dolores sin miedos, y a ser capaz de colaborar mejor en el momento del expulsivo. Así que cuando, después de unas tres horas de dilatación llegó el momento de empujar, mi cuerpo respondió bién y en cuatro pujos mi bebé nació sin complicaciones, ni broncas del médico, ni forceps, ni episotomía. Sólo una matrona, una enfermera, papá ejemplar, y yo. Un nacimiento tan emocionante y tan feliz que todavía tiemblo al recordarlo.

sábado, 12 de mayo de 2012

Pensando en el parto

Nunca acabé de relatar aquí mi primer parto, seguramente porque no me sentí con fuerzas ni con ganas de hacerlo. Lo cierto es que después de contar con detalle la primera parte, no quise entrar a relatar un expulsivo bastante duro, doloroso y frustrante, que no fue ni mucho menos lo que yo esperaba. Me hubiera gustado sentirme en el parto más acompañada y más respetada. No dejaron que el papá ejemplar entrara en el paritorio hasta casi el final, y yo le necesitaba conmigo más que nunca. Me pusieron la epidural demasiado tarde, a causa de la mala atención por parte de las matronas, lo que me dejó sin fuerzas para los pujos y, como consecuencia, el ginecólogo se vió obligado a usar los forceps y yo tuve un desgarro y una episotomía como una plaza de toros. En resumen, el Hospital Montepríncipe de Madrid deja mucho que desear en lo que se refiere a maternidad y no se lo recomiendo a nadie.


Este embarazo parece que está durando infinitamente menos que el primero. Estoy mucho más atareada y sin tiempo para pensar en la criaturita que crece dentro de mí, más consciente de lo que me espera, y tal vez por ello, mucho menos impaciente por que llegue su nacimiento. Ahora que estoy en la recta final, me queda un solo un mes, empiezo a pensar en cómo me gustaría que fuera el parto. Me dijeron hace cuatro años que había tenido un parto precipitado y que era muy probable que se repitiera en el segundo. De ahí que dilatara completamente en poco más de dos horas y que a las matronas "se les pasara" explorarme antes de ponerme la epidural... Me enfrento al segundo parto con más información y sabiendo más lo que quiero. Y eso es bueno y malo, porque cuando te pones a buscar información sobre hospitales y partos cada uno cuenta la historia según le fué, e igual que yo tuve una pésima experiencia en el Montepríncipe, tal vez a otra chica le salió a pedir de boca y lo recomienda con los ojos cerrados... Pero ésto no es elegir un hotel para las vacaciones, que te puedes fiar de las opiniones en tripadvisor y luego si metes la pata tampoco es tan grave...

En enlaces cómo éste, me he informado sobre los derechos que tiene una mujer en el momento de su parto, y me doy cuenta de hasta qué punto se los saltaron conmigo. Veo también que hay ciertos centros donde se aplican protocolos de parto respetado, también llamado parto humanizado (y digo yo, que menuda redundancia, pocas cosas hay más humanas que un parto), en los que los deseos de la madre son lo primero, te permiten dilatar en la postura que prefieras, no se utiliza medicación sin el consentimiento informado de la madre, y se procura seguir los ritmos que marca la naturaleza con las menores interferencias posibles, no oxitocina, no episotomía por rutina, no rotura de la bolsa, no monitorización interna... Y luego hay opciones como la del parto en el agua en la clínica Acuario, que tiene una pinta fantástica pero cuesta un ojo de la cara, o bién otras más estrambóticas como lo del parto en casa, que a mi juicio es una irresponsabilidad, hoy por hoy, correr riesgos innecesarios.

El parto es una experiencia que se recuerda siempre, y es curioso cómo cada vez que saco este tema frente a otras madres, no importa de qué generación sean ni cuántas veces hayan parido, aquello se convierte en un gallinero y nos ponemos todas a hablar de nuestros partos respectivos con la misma pasión con que ellos cuentan las historietas de la mili. Estoy dándole vueltas e informándome y tengo la cabeza como una batidora... así que espero elegir bién esta vez, tomar la decisión correcta para tener un parto lo menos intervenido posible, espero no volver a sentir cómo se me va de las manos, y encontrarme apoyada y segura en un lugar donde nos den, a mí y al boquerón, la mejor atención posible sin tratarme como a una menor de edad o una enferma, sino como a una mujer adulta, dueña de su cuerpo, y capaz de elegir cómo quiere que nazca su hijo.

viernes, 10 de octubre de 2008

Flash Back: El Parto (2)

Siguiendo con la noche en la que nació Manuel. Llegamos a la clínica Montepríncipe sobre las diez y media de la noche del 29 de mayo. Mis contracciones eran ya muy seguidas y me dolían muchísimo, cada vez más. Al ver la sala de espera de urgencias se me cayó el alma a los pies porque estaba llena hasta la bandera y, lo que es peor, había otras tres embarazadas que habían llegado antes que yo, por lo que tenía que esperar mi turno para ginecología.
Cuando le dije que esta vez iba en serio y que me atendieran pronto porque iba a parir allí mismo, el chico que había en el control me miró con cara de haber visto millones de veces casos como el mío y que a la mayoría nos enviaban a casa por falsa alarma. Estuvimos más de una hora esperando. Al principio intentábamos hacer un crucigrama entre los dos, pero al cabo de un rato los dolores ya no me dejaban pensar, y no sabía si sentarme, levantarme o pasearme a gritos por la sala de espera. Recuerdo que miraba con odio a las otras embarazadas segura de que a ellas no les podía doler tanto como a mí y rabiando porque por su culpa tendría que esperar aún más. A esas alturas ya estaba segurísima de que el parto estaba en marcha y mi preocupación era llegar a tiempo para dar a luz en un quirófano "como Dios manda".
Por fin un enfermero dice mi nombre y me pasan a la sala de reconocimiento. Ésta vez me atiende una ginecóloga que no se muestra muy amable y desde luego nada comprensiva con mis dolores. Me pongo en el potro para que me explore (es curioso como, en esos momentos, te invade la falta de pudor más absoluta y el hecho de que te metan un dedo enguantado de latex en tus partes íntimas te parece lo más normal del mundo) y, cual no sería mi sorpresa, indignación y congoja cuando me dice, tan tranquila, que aún no estoy de parto, que no tengo nada de dilatación y que mis contracciones no son "efectivas". Me quería morir solo de pensar en volverme por donde había venido. Además, estaba segura de que aquella médico no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo. Se me debió ver en la cara, porque me aseguró que aún así me van a monitorizar para estudiar la secuencia de las contracciones. Me llevan a un box y me atan a las correas. Una camisa de fuerza tampoco me hubiera ido mal, claro que probablemente no hubieran encontrado mi talla. Enseguida se oye el fuerte latido del corazón de Manuel. De pronto, no se si fueron los nervios o qué, las contracciones parecían menos dolorosas, como atenuadas, así que empecé a resignarme a la idea de la falsa alarma. En la camilla de al lado había una chica embarazada de gemelos y también le iban a dar el alta. Sin embargo, diez minutos después apareció un médico con un fuerte acento cubano, muy gracioso, que miró el papel que registraba las contracciones y me dedicó un gesto de compasión, como diciendo, "pues va a ser que sí, que te duele"... Me dijo que, aunque mis contracciones no tenían ritmo y por eso no eran efectivas, me iban a dejar ingresada porque no me podían enviar así a casa. Me pincharon un calmante que, según dijeron, no provocaría ni detendría el proceso de parto, sino solo atenuaría el dolor, que tratara de descansar y que al día siguiente mi médico decidiría, "qué hacer conmigo".

Una vez en la habitación miré a mi alrededor y supe que sería allí donde viviría las primeras horas con mi niño y pensé "parece que por fin ha llegado el momento, va a ser así". No obstante, todo seguía pareciendo algo irreal. David estaba increíblemente tranquilo. Bajó las maletas, que habíamos dejado en el coche por si acaso, y yo recuerdo que saqué de una de ellas un Sudoku que tenía a medio terminar y mi portaminas... ¡qué ilusa! En la habitación me sentí más tranquila y más cómoda. La enfermera, muy amable, me trajo un camisón. Poco después vino la matrona a explorarme. También me dijo que no estaba de parto, que solo tenía el útero permeable a un dedo, pero que podría ponerme en cualquier momento o al día siguiente, que me diera una ducha bien caliente y que hiciera los ejercicios de relajación que había aprendido en las clases de preparación al parto, que si en una hora seguía con las contracciones le avisara. Esta es la pinta que tenía...
Ayudada por David me fui a la ducha y estuve allí un buen rato con el chorro de agua caliente sobre mis riñones. Después de la ducha yo quería poner la tele para distraerme pero David me dijo que eran las dos de la mañana y que despertaríamos a los vecinos. Los dolores continuaban, y yo intentaba relajarme, respirar... David me decía, tranquila, respira, relájate... Pero aquello era imposible, me dolía muchísimo. Pasado algo más de una hora de infierno me dí cuenta de que las contracciones eran ya cada minuto o minuto y medio, y aquello no había ya quien lo aguantara. Decidí llamar a la enfermera y me dijo que iban a pasarme a epidural.
Lo que sigue fue todo muy rápido. Vinieron a ponerme un enema, ¡muy desagradable! y a rasurarme y recuerdo que ya entonces estaba retorciendome de dolor. Me bajaron en la cama al quirófano donde me pondrían la epidural que iba a acabar por fin con mi suplicio. A David le dijeron que tardarían una media hora, así que él iba a aprovechar para ir a tomar algo. El anestesista era muy amable, pero no hacía más que decirme que me estuviera quieta, y a mí me parecía imposible. Después de pincharme me dejaron tumbada en la cama en un pasillo supongo que para asegurarse de que reaccionaba bien. Esos fueron los peores momentos porque recuerdo que llevaba un cateter en alguna parte y me decían que no me moviera, pero yo no podía estarme quieta por el dolor. Cuando vieron que yo seguía en un grito llamaron a la matrona. Al verla me sentí más tranquila. Me exploró y dijo "uy pero qué bién has dilatado cariño, estás de ocho a completa, vas a tener a tu hijo muy pronto", y después "llamen al doctor para que venga con urgencia, vamos directamente a quirófano". Le pedí que avisaran a David, que tardó poquísimo en llegar, pero a mí se me hizo una eternidad. Yo seguía con dolores horrorosos, pero al menos esperanzada de que terminarían pronto. La matrona se quedó conmigo intentando tranquilizarme y me decía que lo mío se llama "parto precipitado" y que no es muy habitual dilatar tanto en tan poco tiempo. Cuando llegó el médico, unos diez minutos más tarde, me pasaron a la sala de partos y a David le mandaron esperar fuera. Manuel estaba a punto de nacer.

martes, 16 de septiembre de 2008

Flash Back: El Parto (1)

Manuel está cada vez más despierto. Nos parece que esta semana ha dado un pequeño salto en su desarrollo, y se le ve con ganas de hacer más cosas... aunque lo cierto es que, aparte de reirse sin parar, hace más bien poco... El mejor momento del día sigue siendo el baño, chapotea como un loco y después se queda agotado. Su papá le agarra de la cabecita y le deja que "nade" durante un buen rato, y él disfruta como un enano... Lo más sorprendente es que la postura que hay que adoptar para que Manuel haga sus ejercicios de natación es incomodísima y su papá termina medio deslomado. Si me lo hubieran contado hace unos meses! Nunca creí que David sería capaz de hacer un sacrificio como ese por nadie, y mucho menos por un pequeñajo de tres palmos. Cosas como ésta me hacen quererle cada día más por ser el mejor marido y el papá más cariñoso.



Como ya he dicho, este blog debería servir para no olvidar ninguna de esas pequeñas cosas que nos están ocurriendo desde que nació Manuel. Así que hoy inauguro esta sección, en la que iré contando las cosas que ocurrieron antes de convertirme en cibermamá:

Jueves, 29 de mayo de 2008, 17.30h.
Estoy en casa, ya de baja pero aún trabajando delante del ordenador. Empiezo a notar contracciones fuertes, bastante más que las de los últimos días, pero no le doy importancia porque el martes ya habíamos ido a urgencias por lo mismo y me habían "devuelto" diciendo que eran "pródomos de parto". El caso es que durante toda la tarde las contracciones continúan y son cada vez más dolorosas. Empiezo a anotar la frecuencia, y son bastante seguidas, cada cinco minutos más o menos. Sobre las ocho hablo con David por teléfono y le digo que vamos a esperar a que las contracciones sean regulares porque temo que me pase otra vez lo mismo. Cuando David llega de trabajar, sobre las nueve y media, las contracciones son ya cada tres o cuatro minutos, y el dolor ya me deja sin respiración, así que decidimos "probar" de nuevo e ir al hospital. Esta vez estoy casi segura de que estoy de parto, llevo cinco horas con contracciones. Antes de salir cenamos algo rápido porque sabemos que la noche será larga. Espárragos con mayonesa y algo más que no recuerdo. Yo estoy inexplicablemente tranquila, aunque cada contracción es más intensa que la anterior. En la tele ponen Cuéntame. Dejamos el episodio a medias y salimos de casa con las maletas a eso de las diez y media. En el coche nos miramos y nos entra la risa floja, vamos a ser padres en unas horas y parece irreal, como una película. En la radio suena el tema del verano, "Mercy", de Daffy...

Continuará
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