Sabía que nadar con un bebé es una experiencia maravillosa, y ahora lo estoy disfrutando por segunda vez. Cuando el lechón tenía ocho meses también fuimos a matronatación, e igual que entonces, hace ya cuatro años, a boquerón le encanta el agua y disfruta muchísimo chapoteando y familiarizándose con el medio. Además, desde que se acabó la baja maternal, el pequeño no tiene a menudo la compañía de mami en exclusiva, así que la matronatación es una excusa buenísima para pasar un rato los dos solos una vez a la semana, sin interferencias ni interrupciones de su hermano mayor.
La clase consiste en media hora de ejercicios acuáticos en los que el bebé va siempre en brazos de su madre pero se le va dando cada vez una mayor autonomía. No se trata de que el bebé aprenda a nadar, algo que raramente hará antes de los tres años, sino de que se encuentre a gusto en el agua y disfrute de ella con naturalidad y la seguridad de tener a su madre al lado. Aprenden a flotar agarrados al churro, a sujetarse en el bordillo, a mover piernas y brazos y cosas así. Después de mi experiencia con el lechón estoy aún más convencida de los beneficios de estas sesiones, ya que he visto una evolución muy buena en él, que aprendió a bucear casi sin ningún esfuerzo, puede flotar sin manguitos desde los tres años y no ha tenido nunca miedo a sumergir la cabeza, cosa que he visto que les pasa a muchos niños cuando empiezan a recibir clases de natación más mayorcitos.
Si los bebés están cómodos en el agua, se les sumerge la cabecita para que buceen unos segundos y aprendan, o recuerden, cómo cerrar la glotis para no tragar agua. Es curioso que la mayor parte de los bebés reaccionan muy bién a la zambullida, y que normalmente nos asusta más a los padres ver a nuestros hijos bajo el agua, mientras ellos salen a la superficie con una sonrisa en la cara. Es el caso de Julio, que disfruta tanto de las clases y muestra tantas ganas y entusiasmo que la monitora le llama ya "el Michael Phelps de los bebés". ¡Por algo le llamamos boquerón!
miércoles, 1 de mayo de 2013
domingo, 14 de abril de 2013
Mi abuela
Recuerdos de hace ocho o diez años vuelven hoy a mi memoria.
Los tenía aparcados porque resultaban demasiado dolorosos pero, curiosamente,
hoy me sirven de consuelo. No quiero que los últimos años de la vida de mi
abuela, tiempos de deterioro y decrepitud, empañen tantas y tantas memorias de
su cariño a la gallega. Un cariño que ella no demostraba como una abuela común.
No daba besos sonoros ni malcriaba comprando regalos o helados. Ella vivió la
posguerra y no estaba por mimar a sus nietos ni sabía qué era eso. Lo hacía sin
embargo, nos malcriaba sin darse cuenta, siempre frente a los fogones,
preparándonos de postre, un martes cualquiera, arroz con leche o plátanos
fritos.
Mi abuela escribía con una preciosa y temblorosa letra de
caligrafía. La ortografía no era lo suyo pero sumaba y restaba a toda
velocidad, repasando los números con un lápiz de punta gruesa y rayas amarillas
y negras. Las cuentas fueron lo suyo, ella llevaba al dedillo los números de la
tapicería, y eso que tuvo que dejar la escuela muy pequeña para cuidar a su
madre enferma. Debió de ser muy duro para ella porque lo recordaba a menudo. Era
coqueta, nunca perdonó la peluquería semanal, y se teñía su abundante cabellera
de rubio platino. Aún puedo verla depilándose las cejas frente a la ventana y
pintándose los labios muy despacio, se notaba que disfrutaba haciéndolo. Se
ponía muy guapa para la misa del domingo, y salía airosa, como la Flor de la
Canela, del brazo de su amor, mi abuelo David.
Ella le llamaba Daví, sin la d final, porque el acento
gallego la acompañó toda la vida. Tampoco pronunciaba la “C” de “perfecto” y se
preocupaba mucho de taparnos con chaquetas y batas porque, advertía, “podéis
enfriar”.
Tenía la increíble capacidad de dormirse en cualquier lugar
y circunstancia, no importaba el ruido que hubiera alrededor: ella no perdonaba su “cabezada” después de
comer, con las voces del telediario de fondo. Cuando se despertaba, con cara
somnolienta musitaba “qué es?”. Después se
levantaba deprisa, no se quedaba sentada para ver la novela, porque ella
trabajaba, trabajaba mucho y hasta muy tarde, como solo una mujer gallega puede
y sabe hacerlo. Así, con el bocado en la
boca, salía presurosa para reanudar su tarea de cortar, coser y casar dibujos
en la tapicería, al lado de David, su compañero, su amor y su vida.
Los recuerdos de mi abuela huelen a empanada, a leche frita,
a filetes rebozados y a filloas. Ella sabía cocinar cuatro cosas pero lo hacía
mejor que nadie. Hace ya mucho que extraño sus guisos y sus sonrisas.
Después
de comer a ella le gustaba tomar el “dulce” acompañado de una copita de coñac,
y siempre protestaba negando con la mano porque le servíamos mucho… aunque al
final se lo bebía enterito. Nunca existió nadie más feliz que mi abuela cuando
tenía“el dulce” en una mano y su copita en la otra.
Así me gustaría recordarla. Feliz comiendo el postre, o vestida
para ir a misa, como un brazo de mar, con el bolso y los zapatos rojos haciendo
juego y del brazo de su David. Tan airosa, tan ufana, con su espalda bién
recta. No quiero que el Alzheimer me robe también estos recuerdos, además de
haberme robado los últimos años de mi abuela. Descanse en paz.
domingo, 7 de abril de 2013
Jornada escolar continua: ¿sí o no?
El colegio del lechón ha iniciado un procedimiento para modificar la jornada escolar. El proyecto consiste en cambiar el horario habitual, de 9 de la mañana a cuatro de la tarde con el consiguiente descanso a la hora de comer, por una jornada continua de clases sólo por la mañana. Según la información enviada por el cole, pese a tratarse de una jornada más corta, no hay una disminución de las horas de clase, solo que están comprimidas para "reorganizar" el horario, que pasaría a ser de 9h. a 14h. Los niños tendrían cinco sesiones de clase de 50 minutos cada una con un descanso a media mañana. A continuación, seguiría funcionando el servicio de comedor, con recreo hasta las 16h. De esta forma, aquellos afortunados cuyos padres se puedan permitir recogerles a las 14h. se van a casa felices cual perdices a disfrutar de buenísima comida casera, para a continuación dormir la sagrada siesta, tirarse a la bartola, o hacer lo que les dé la gana toda la tarde
Cuando por primera vez leí la información que envió el cole, me pareció que para los niños supondría una increíble mejora de la calidad de vida. De hecho, cuando volvimos de Bali, donde la escuela infantil cerraba sus puertas a las tres como muy tarde, los horarios en España me parecían maratonianos para los pobres peques. Me daba pena que tuvieran que pasar allí casi todo el día... Sin embargo, no es más que un reflejo de la vida que llevamos los mayores. La jornada laboral española, tan absurda como poco compatible con la vida familiar, obliga a que los niños, sobre todo los más pequeñitos, pasen en el cole tantas horas. ¿La solución? Para mí no está en cambiar de raíz el horario del cole, sino en mejorar los horarios de trabajo de los padres: crear jornadas laborales más flexibles, horarios continuados, olvidar el descanso de dos horas para comer, y que los jefes dejen de poner las reuniones a las cuatro de la tarde de una puñetera vez.
Por suerte el proceso de cambio en el cole está sujeto a la votación de padres y maestros. No me cabe duda que los profesores están en pro del cambio -yo si fuera profesora haría lo mismo-y para ello han organizado una jornada informativa, me imagino que en aras de convencernos de las bondades del horario matutino. Aunque no he podido asistir a la reunión, por sentido común imagino que los niños rinden más por la mañana, que después de comer las clases se convierten en una batalla campal, que los niños están atocinados y no hay quien haga que 25 chavales atiendan al profesor a las tres y media de la tarde y en mitad de la digestión.
Tampoco he asistido a las tres o cuatro reuniones convocadas por el AMPA, en las que, por lo que he estado leyendo, se han manifiestan en contra de la jornada continua, porque según ellos supone una disminución de horas lectivas encubierta, y nos alertan del peligro de que, a la larga, se suspendan servicios como el comedor escolar, las actividades extraescolares, la ruta... para que, al fin y a la postre, todos los niños tengan que salir a las dos de la tarde, y allá te las apañes.
El próximo 12 de abril será la votación y aún estoy indecisa. Quiero hacer lo que sea mejor para Manuel (y para Julio en el futuro) independientemente de lo que a mí me venga bién. Y aunque la jornada continua puede llegar a ser un problema en caso de que se cumplan los vaticinios del Ampa, es tal vez más cómoda de llevar, y quizá de verdad mejore el rendimiento académico de los niños. ¿Alguna opinión?
Cuando por primera vez leí la información que envió el cole, me pareció que para los niños supondría una increíble mejora de la calidad de vida. De hecho, cuando volvimos de Bali, donde la escuela infantil cerraba sus puertas a las tres como muy tarde, los horarios en España me parecían maratonianos para los pobres peques. Me daba pena que tuvieran que pasar allí casi todo el día... Sin embargo, no es más que un reflejo de la vida que llevamos los mayores. La jornada laboral española, tan absurda como poco compatible con la vida familiar, obliga a que los niños, sobre todo los más pequeñitos, pasen en el cole tantas horas. ¿La solución? Para mí no está en cambiar de raíz el horario del cole, sino en mejorar los horarios de trabajo de los padres: crear jornadas laborales más flexibles, horarios continuados, olvidar el descanso de dos horas para comer, y que los jefes dejen de poner las reuniones a las cuatro de la tarde
Por suerte el proceso de cambio en el cole está sujeto a la votación de padres y maestros. No me cabe duda que los profesores están en pro del cambio -yo si fuera profesora haría lo mismo-y para ello han organizado una jornada informativa, me imagino que en aras de convencernos de las bondades del horario matutino. Aunque no he podido asistir a la reunión, por sentido común imagino que los niños rinden más por la mañana, que después de comer las clases se convierten en una batalla campal, que los niños están atocinados y no hay quien haga que 25 chavales atiendan al profesor a las tres y media de la tarde y en mitad de la digestión.
Tampoco he asistido a las tres o cuatro reuniones convocadas por el AMPA, en las que, por lo que he estado leyendo, se han manifiestan en contra de la jornada continua, porque según ellos supone una disminución de horas lectivas encubierta, y nos alertan del peligro de que, a la larga, se suspendan servicios como el comedor escolar, las actividades extraescolares, la ruta... para que, al fin y a la postre, todos los niños tengan que salir a las dos de la tarde, y allá te las apañes.
El próximo 12 de abril será la votación y aún estoy indecisa. Quiero hacer lo que sea mejor para Manuel (y para Julio en el futuro) independientemente de lo que a mí me venga bién. Y aunque la jornada continua puede llegar a ser un problema en caso de que se cumplan los vaticinios del Ampa, es tal vez más cómoda de llevar, y quizá de verdad mejore el rendimiento académico de los niños. ¿Alguna opinión?
viernes, 29 de marzo de 2013
Charlas en Albarracín
Hemos pasado unos días de la Semana Santa en Albarracín, un pequeño pueblo de la provincia de Teruel. Además de constatar lo mal comunicada que está la zona con Madrid y no tener dudas de porqué en su día necesitaron la famosa campaña "Teruel existe", hemos tenido la oportunidad de pasar juntos, los cuatro, largas e intensas horas de convivencia como desde el verano no recordaba.
Ya somos, definitivamente, una familia de cuatro miembros, y, lenta que es una, no lo voy a negar, abro los ojos en estos días de vacaciones para darme cuenta de lo mucho que ha cambiado este pequeño clan desde la llegada de Julio. El lechón anda cada día más celoso y con ganas de demostrar que es ya muy mayor, con una rebeldía constante, y al tiempo de volver con sus plumas al cascarón para evitarse regañinas y disfrutar de las carantoñas que parece que ahora están reservadas solo para Julio. Tiene momentos en los que le dejarías el día entero de cara a la pared, y otros en los que nos deja sin palabras con su madurez y su inteligencia.
Como anoche, mientras cenábamos en uno de esos restaurantes de pueblo de los de "ensalada de la casa y huevos fritos con longaniza". La conversación tuvo lugar como sigue:
Papá Ejemplar: Le podemos decir a mi madre que venga el sábado a quedarse con los niños y así salimos
Yo: Vale, buena idea
Lechón: ¡Claro! como la abuela no tiene novio jajaja, porque el abuelo Pepe ya se murió... pues puede venir a quedarse con nosotros
Papá ejemplar y yo nos quedamos sin palabras, y cruzamos una mirada horrorizada ante la nula empatía/sensibilidad del mayorcito
Yo: Manuel, no se habla así del abuelo Pepe, porque a papi le pone triste
Lechón: ¿y por qué?
P.E: porque era mi papá y yo le echo de menos...
Manuel no muestra interés por la argumentación de su padre, así que éste decide sacar la artillería
P.E: A ver Manuel, ¿tú no te pondrías triste si yo me muriera?
Lechón: tras un largo silencio, Paaaapiiii, pero es que todos nos tenemos que moriiirrr...
Yo: (intentando quitarle hierro al asunto porque la cara del P.E era un poema...) bueno, es que es un poco pequeño para entender lo de la muerte no?
P.E: (haciendo caso omiso de mi intervención y seguro al cien por cien de que su hijo carece de sentimientos) Si, pero a mí me gustaba hacer cosas con mi papi, como ahora, que estamos tomando los dos helado de vainilla, a él también le gustaba el helado de vainilla ¿sabes?
A continuación, sin previo aviso, el lechón pone ese gesto en la boca de estar a punto de romper a llorar, ese puchero inconfundible y suelta la siguiente frase: Papi, pero tienes mucha suerte porque tienes dos hijos.
Esta vez nos cruzamos una mirada perpleja, y sin palabras decidimos cambiar de tema de conversación porque parecía que estaba tomando un camino farragoso... Y así nos quedamos, despistados como dos canguros en una carretera camino a Teruel.
Ya somos, definitivamente, una familia de cuatro miembros, y, lenta que es una, no lo voy a negar, abro los ojos en estos días de vacaciones para darme cuenta de lo mucho que ha cambiado este pequeño clan desde la llegada de Julio. El lechón anda cada día más celoso y con ganas de demostrar que es ya muy mayor, con una rebeldía constante, y al tiempo de volver con sus plumas al cascarón para evitarse regañinas y disfrutar de las carantoñas que parece que ahora están reservadas solo para Julio. Tiene momentos en los que le dejarías el día entero de cara a la pared, y otros en los que nos deja sin palabras con su madurez y su inteligencia.
Como anoche, mientras cenábamos en uno de esos restaurantes de pueblo de los de "ensalada de la casa y huevos fritos con longaniza". La conversación tuvo lugar como sigue:
Papá Ejemplar: Le podemos decir a mi madre que venga el sábado a quedarse con los niños y así salimos
Yo: Vale, buena idea
Lechón: ¡Claro! como la abuela no tiene novio jajaja, porque el abuelo Pepe ya se murió... pues puede venir a quedarse con nosotros
Papá ejemplar y yo nos quedamos sin palabras, y cruzamos una mirada horrorizada ante la nula empatía/sensibilidad del mayorcito
Yo: Manuel, no se habla así del abuelo Pepe, porque a papi le pone triste
Lechón: ¿y por qué?
P.E: porque era mi papá y yo le echo de menos...
Manuel no muestra interés por la argumentación de su padre, así que éste decide sacar la artillería
P.E: A ver Manuel, ¿tú no te pondrías triste si yo me muriera?
Lechón: tras un largo silencio, Paaaapiiii, pero es que todos nos tenemos que moriiirrr...
Yo: (intentando quitarle hierro al asunto porque la cara del P.E era un poema...) bueno, es que es un poco pequeño para entender lo de la muerte no?
P.E: (haciendo caso omiso de mi intervención y seguro al cien por cien de que su hijo carece de sentimientos) Si, pero a mí me gustaba hacer cosas con mi papi, como ahora, que estamos tomando los dos helado de vainilla, a él también le gustaba el helado de vainilla ¿sabes?
A continuación, sin previo aviso, el lechón pone ese gesto en la boca de estar a punto de romper a llorar, ese puchero inconfundible y suelta la siguiente frase: Papi, pero tienes mucha suerte porque tienes dos hijos.
Esta vez nos cruzamos una mirada perpleja, y sin palabras decidimos cambiar de tema de conversación porque parecía que estaba tomando un camino farragoso... Y así nos quedamos, despistados como dos canguros en una carretera camino a Teruel.
domingo, 17 de marzo de 2013
¡Dice mamá!
Diréis que son imaginaciones mías, que la maternidad doble me ha nublado la razón. Pero os equivocáis. Julio dice Mamá, y lo hace con conocimiento de causa. Os lo juro. No puede ser más adorable. Lo dice cuando necesita ayuda para agarrar el chupete, cuando quiere bracitos, cuando no es capaz de darse la vuelta en la alfombra del salón, cuando su hermano le aplasta con uno de esos abrazos suyos tan delicados...
Cualquier excusa es buena para que me alegre el oído con esas dos sílabas maravillosas: MA MÁ. Pronuncia una M perfecta y acentúa la segunda A para que no haya ninguna duda. Con Manuel tuve que esperar 14 largos meses para oírselo decir, pero ya se sabe, el segundo hace la media.
Por lo demás está mi bebé de lo más espabilado, aunque de gatear nada de nada. Se pirra por el teléfono móvil, el mando de la tele y cualquier aparato con botones múltiples. Se lo pasa bomba dando grititos y el colmo de la diversión es bañarse con su hermano, a quien adora. Tiene ya los dos dientes de abajo y los de arriba aún no le han salido pero están a puntito, dicho sea de paso que nos están dando bastante guerra. Sin embargo, últimamente duerme mucho mejor por la noche. Se come el puré de verdura y el de fruta a velocidad de vértigo, y el bibe de cereales ya no digamos. Nadie tiene ni idea de a quién se parece. Es un bebé tranquilo y tragón de los que te hacen decir eso de "habría que tener siempre un bebé en casa". Y si dice MAMÁ con menos de nueve meses... aún más!
P.D: disculpad este mes y medio de silencio bloguero. Ha sido una locura laboral y personal. Estoy en pleno propósito de enmienda
Cualquier excusa es buena para que me alegre el oído con esas dos sílabas maravillosas: MA MÁ. Pronuncia una M perfecta y acentúa la segunda A para que no haya ninguna duda. Con Manuel tuve que esperar 14 largos meses para oírselo decir, pero ya se sabe, el segundo hace la media.
Por lo demás está mi bebé de lo más espabilado, aunque de gatear nada de nada. Se pirra por el teléfono móvil, el mando de la tele y cualquier aparato con botones múltiples. Se lo pasa bomba dando grititos y el colmo de la diversión es bañarse con su hermano, a quien adora. Tiene ya los dos dientes de abajo y los de arriba aún no le han salido pero están a puntito, dicho sea de paso que nos están dando bastante guerra. Sin embargo, últimamente duerme mucho mejor por la noche. Se come el puré de verdura y el de fruta a velocidad de vértigo, y el bibe de cereales ya no digamos. Nadie tiene ni idea de a quién se parece. Es un bebé tranquilo y tragón de los que te hacen decir eso de "habría que tener siempre un bebé en casa". Y si dice MAMÁ con menos de nueve meses... aún más!
P.D: disculpad este mes y medio de silencio bloguero. Ha sido una locura laboral y personal. Estoy en pleno propósito de enmienda
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