Mi lunes empezó el domingo 7 de marzo:
17.00h: me despido del lechón y su papá ejemplar para emprender camino al aeropuerto. Me voy a Barcelona porque al día siguiente celebro un almuerzo para la prensa catalana, pero viajo el domingo para poder pasar unas horitas con mis sobrinos. Manuel se niega a darme un besito de despedida y prácticamente me empuja para que me vaya, sin piedad alguna, con tal de cerrar la puerta tras de mí, que es uno de sus juegos favoritos.
17.50: llego por fín a la T4 de Barajas, tras haberme perdido por emescincuentas, emescuarentas y fantasmagóricas autopistas de peaje... No es que no conozca la zona, he ido cientos de veces, es que busco una gasolinera porque voy en reserva (algo bastante habitual en mí). Al final no logro acceder a ninguna de las ocho gasolineras que vislumbro desde la autopista, sigo en reserva 30 kilómetros más tarde, y encima llego con el tiempo justo. Aparco en el parking D y al bajarme del ascensor me doy cuenta de que debería haber dejado el coche en la C, que está más cerca. Prometo no olvidarme la próxima vez.
18.30 Después de casi desnudarme en el control de seguridad, y de caminar al menos dos kilómetros, llego jadeante a la puerta embarque H16, más lejos no la había. Cuando veo además que el vuelo lleva media hora de retraso me prometo a mi misma ir en AVE la próxima vez. Escucho la conversación de cuatro chicas que sin duda vuelven de una despedida de soltera, están comentando las mejores jugadas de la noche anterior, ¡qué envidia!
21.15 llego a casa de Marta, mi comadre y disfruto un rato de sus niños. Viendo a Blanca, que ya tiene ocho años, y a los mellizos, de cinco, pienso en lo rápido que pasa el tiempo y en que tengo que aprovechar el mío con Manuel.
23.00 hablo por teléfono con el papá ejemplar, todo en orden en casa, Manuel duerme como un angelito
24.15 me acuesto junto a Blanca y al verla dormida, tan mona, pienso en cambiar ya al lechón de la cuna a la cama, aunque solo sea para poder tumbarme a su ladito.
Lunes 8 de marzo:
8.45 segundo café al volver de llevar al cole a los peques. Hace un día horrible y parece que está empezando a nevar.
12.00 reunión Telefónica con mis jefes. Cada vez nieva más y hace un frío que pela
12.30. Llego al lugar del almuerzo para prepararlo todo. Marta me acompaña. Como nos sobra media hora, y estamos algo majaretas, decidimos desafiar el temporal y salir a dar una vuelta por las tiendas.
14.00-16.00 almuerzo de trabajo con varias cancelaciones de última hora por culpa del temporal. Todas mujeres, hablamos poco de trabajo y mucho de niños, maridos, viajes, cotilleos, Shakira, los Oscars, y otros temas inconexos. Enseño orgullosa las fotos de Manuel en el móvil, todas dicen que es muy guapo. ¡Qué van a decir! Empieza a nevar en serio.
16.00 h. me pregunto si saldrán vuelos porque la nevada es impresionante. El mío es a las 17.45, así que pido un taxi en el restaurante pero pasado un rato me recomiendan pararlo en la calle porque tardan mucho en venir. Con la ayuda de algunas de mis invitadas encuentro uno bastante rápido, pero corro el riesgo de matarme porque la calle está llena de nieve y yo llevo unos tacones de vértigo, preciosos, pero nada apropiados para el día.
17.08 mostrador de Vueling, me dicen que mi vuelo está cerrado, que lo cierran 45 minutos antes de la salida. Me quiero morir. El siguiente es a las 19.00 y tengo que pagar un bonito recargo. Deprimida, me siento en un banco, me quito los tacones y me pongo las botas bajas. Llamo a mi madre para llorarle un poco y saber qué tal anda Manuel. Mi niño me manda un"mua" telefónico y hace que me sienta mejor.
1800 me compro una botella de agua en una máquina de vending
18.10 el simpático guardia del control seguridad me obliga a tirar la botella prácticamente entera para poder pasar a la zona de embarque. No entiendo nada de las normas de regulación aérea. Que alguien me explique las razones para que no se pueda volar con una inocente botella de agua, y en cambio sí se pueda llevar un mechero, unas cerillas, o sin ir más lejos un móvil, que hasta donde yo sé se usa como detonador de explosivos...
18.30 llego a la puerta de embarque, y en cuanto el vuelo aparece en la pantallita decido ponerme en la cola. Es algo que nunca hago, pero esta vez temo que el vuelo vaya lleno y me obliguen a facturar la maleta, porque es algo grande para ir en cabina. Si eso pasa y luego tengo que recogerla en las cintas de la T4 tardaría casi una hora más en llegar a casa, vamos, casi otro viaje.
19.30 aún en la cola del embarque. Nos acaban de anunciar que va con retraso, ¡no me digas! y que saldremos en 15 minutos. Pienso que si fuera verdad aún llegaría a casa sobre las 21.30h y que vería a Manuel despierto.
20.00 empezamos a embarcar. La azafata del control mira mi maleta y decide ponerle la etiqueta fatídica, la que sin duda supone su destierro a la bodega del avión y el fin de toda esperanza de ver a mi hijo despierto. Me dá un resguardo y me indica que deje la maleta a la entrada del avión. Ni de coña. En el finger arranco aquella lacra rápidamente, saltándome alguna norma de aviación internacional, seguro, y me subo al avión con cara de nunca haber roto un plato y dirigiéndole a la otra azafata una amplia sonrisa.
20.30 "Bienvenido al vuelo xxx de Vueling, gracias por habernos elegido, para agilizar el embarque, coloca tu maleta en los compartimentos superiores..., escucha con atención las siguientes medidas de seguridad... desconecta tu móvil..." Llamadme antigua, pero me choca que me tuteen, especialmente después de haberme negado el embarque a mi vuelo, de hacerme pagar casi otro billete, de soportar un retraso de hora y media... No sé, después de un día así prefiero que me traten de usted....me siento un poco agredida.
20:40 El avión despega y me doy cuenta de que ya es irremediable, Manuel estará dormido cuando llegue. Siento una punzada de pena en el corazón. No le veré hasta mañana... Me deseo a mí misma (y a vosotras también) feliz día de la mujer trabajadora
miércoles, 10 de marzo de 2010
sábado, 27 de febrero de 2010
Cantajuegos
No era fácil desbancar a Ely y Pocoyó, pero el Cantajuego lo ha conseguido. Está claro que a Manuel le vá la marcha, y Pocoyó está muy bién, es azul, es tierno, divertido y todo eso, pero donde esté "tallín".... que se quite lo demás. A mi niño le gusta la gente, especialmente si mide menos de un metro y medio, le gusta cantar y bailar, y todo eso y mucho más lo tiene con Cantajuegos. En casa ya nadie lo llama así, porque Manuel ha bautizado el DVD como "Tallín", por la primera canción, que aquí os dejo para vuestro deleite.
Seguro que ya lo conocéis, creo que se venden muchísimo, y no me extraña. Aunque me crispa un pelín lo pegadizas que son las canciones, me gusta ponérselo al lechón porque no es como enchufarle a la tele y ya está, sino que me parece que le dejo "en buenas manos", es una forma de estimularle en muchos sentidos. Lo vive como si estuviera dentro de la tele, baila, canta, imita todo lo que hacen los niños, dá grititos de júbilo... se lo pasa bomba. Hasta ha aprendido varias palabras a través de las canciones. Acabo de ver que van a actuar en Madrid a finales de marzo, así que habrá que llevar a mi niño a su primer espectáculo en directo.
Seguro que ya lo conocéis, creo que se venden muchísimo, y no me extraña. Aunque me crispa un pelín lo pegadizas que son las canciones, me gusta ponérselo al lechón porque no es como enchufarle a la tele y ya está, sino que me parece que le dejo "en buenas manos", es una forma de estimularle en muchos sentidos. Lo vive como si estuviera dentro de la tele, baila, canta, imita todo lo que hacen los niños, dá grititos de júbilo... se lo pasa bomba. Hasta ha aprendido varias palabras a través de las canciones. Acabo de ver que van a actuar en Madrid a finales de marzo, así que habrá que llevar a mi niño a su primer espectáculo en directo.
viernes, 19 de febrero de 2010
Inés del alma mía
Le he robado/plagiado el título a Isabel Allende, pero es que me viene de perlas. Es una novela maravillosa, que leí hace unos meses, en torno al personaje histórico de Inés Suárez, heroína y conquistadora de Chile en el siglo XVI junto a su amado Pedro de Valdivia.
Y me viene al pelo para hablar de otra Inés, mi “heroína” particular, que es la persona que cuida de mi lechón mientras yo trabajo, hago la compra y, a veces, sólo cuando es ya imprescindible, voy a la peluquería. Algo debo de haber hecho bien en la vida para haberla encontrado, no os digo más. Y a la primera, esto sí que es una lotería. Por suerte no he tenido que ver desfilar a varias hasta dar con la adecuada como les ha pasado a muchas. Inés tiene alrededor de 50 años, viene de Santo Domingo, y allí dejó a sus dos hijos y dos nietos a los que adora y extraña muchísimo. También tiene un porrón de hermanas, cuatro o cinco, y mamá, como ella dice, que está mayor y delicada. Inés es trabajadora, no para en todo el día para tener la casa perfecta y además atender a Manuel, jugar con él , cocinar… Quiere muchísimo al lechón, y él también la adora.
Me conoce, sabe lo maniática e insoportable que puedo llegar a ser, y ha aprendido a hacer las cosas como a mí me gustan, su tortilla de patatas está de muerte y el caldito para la sopa de Manuel ya no digamos. Sabe de mis prontos, y que tal como vienen se me pasan, y espero que también sepa perdonármelos. Ella ha hecho que mi vida de madre trabajadora sea infinitamente más fácil de lo que hubiera imaginado. Aún así acabo el día rendida, después del estrés de la oficina y la tarde con mi terremoto particular… pero no quiero pensar cómo serían mis días si ella no estuviera!
Tiene que ser muy duro para Inés, y para tantas otras mujeres en su situación, vivir tan lejos de su familia, y cuidar de los niños de otros sabiendo que se pierden ver crecer a los suyos. Seguro que se sentirá sola muchas veces, y me consta que llora de vez en cuando… de morriña, de impotencia por que le falta el abrazo de su nietecita de cinco años, que es su mayor tesoro. Se sentirá helada por este clima tan frío de Madrid, que también se refleja en nuestros modales bruscos, tan distintos de la sutileza, de la calidez con la que se expresan los caribeños. Yo también estoy aprendiendo a corresponder con cariño y reconocimiento a sus detalles, y a sus desvelos. Aprendiendo a ser más dulce, que a veces soy un cardo, a preocuparme por sus cosas, y a escucharla, de verdad, cuando necesita consuelo.
Y me viene al pelo para hablar de otra Inés, mi “heroína” particular, que es la persona que cuida de mi lechón mientras yo trabajo, hago la compra y, a veces, sólo cuando es ya imprescindible, voy a la peluquería. Algo debo de haber hecho bien en la vida para haberla encontrado, no os digo más. Y a la primera, esto sí que es una lotería. Por suerte no he tenido que ver desfilar a varias hasta dar con la adecuada como les ha pasado a muchas. Inés tiene alrededor de 50 años, viene de Santo Domingo, y allí dejó a sus dos hijos y dos nietos a los que adora y extraña muchísimo. También tiene un porrón de hermanas, cuatro o cinco, y mamá, como ella dice, que está mayor y delicada. Inés es trabajadora, no para en todo el día para tener la casa perfecta y además atender a Manuel, jugar con él , cocinar… Quiere muchísimo al lechón, y él también la adora.
Me conoce, sabe lo maniática e insoportable que puedo llegar a ser, y ha aprendido a hacer las cosas como a mí me gustan, su tortilla de patatas está de muerte y el caldito para la sopa de Manuel ya no digamos. Sabe de mis prontos, y que tal como vienen se me pasan, y espero que también sepa perdonármelos. Ella ha hecho que mi vida de madre trabajadora sea infinitamente más fácil de lo que hubiera imaginado. Aún así acabo el día rendida, después del estrés de la oficina y la tarde con mi terremoto particular… pero no quiero pensar cómo serían mis días si ella no estuviera!
Tiene que ser muy duro para Inés, y para tantas otras mujeres en su situación, vivir tan lejos de su familia, y cuidar de los niños de otros sabiendo que se pierden ver crecer a los suyos. Seguro que se sentirá sola muchas veces, y me consta que llora de vez en cuando… de morriña, de impotencia por que le falta el abrazo de su nietecita de cinco años, que es su mayor tesoro. Se sentirá helada por este clima tan frío de Madrid, que también se refleja en nuestros modales bruscos, tan distintos de la sutileza, de la calidez con la que se expresan los caribeños. Yo también estoy aprendiendo a corresponder con cariño y reconocimiento a sus detalles, y a sus desvelos. Aprendiendo a ser más dulce, que a veces soy un cardo, a preocuparme por sus cosas, y a escucharla, de verdad, cuando necesita consuelo.
martes, 9 de febrero de 2010
Carismático
Seguramente estoy totalmente cegada por el amor de madre. Seguramente. Sin embargo, tengo que deciros, desde ya mismo, que Manuel va a ser todo un líder natural. Mi hijo tiene carisma, sí señor. Como lo siento lo digo. No sé si será el más guapo o el más listo, pero estoy segura de que cuando sea mayor su teléfono no dejará de sonar, tendrá montones de amigos en facebook, tuenti, twitter, o lo que se estile allá por los años 20, y no le faltarán planes ni ligues.
Me encanta, y me llena de orgullo maternal, que tenga ese talento innato para ganarse a su público. En estas últimas semanas ha descubierto que los otros niños pueden ser muy divertidos, especialmente los mayores, y hace todo lo que puede para llamar su atención y que le dediquen unos minutos de juego. Se lo pasa de miedo con sus primos Elena y Álvaro, pero su magnetismo no se limita a la familia, nada de eso, él se gana a quien se le ponga por delante, y si en el parque, o en plena calle, vé a algún niño de entre tres y 10 años, se dirige a él en su jerga incomprensible como diciendo, jugamos? Generalmente lo consigue y entonces parece que el resto del mundo desaparece y él es el niño más feliz del mundo. Una vez que tiene a su presa, no la deja escapar fácilmente, y no tiene problemas en perseguirla, o llamarla a voces si osa marcharse de su campo de su campo de visión: "nenaaaaaaa", "neneeeeeeee", grita mi lechón a todo lo que le dan los pulmones. De vez en cuando premia a sus víctimas con algún mua para que vean que él no solo pide, que también dá.... Y las niñas (que son casi siempre niñas, qué le vamos a hacer) se quedan algo perplejas por esos repentinos ataques de cariño, pero en general no se quejan, debe de ser que les gusta.
La única que se le resiste es Carolina, la vecinita de arriba, que tiene 9 meses más que Manuel y es una niña preciosa y muy lista. Crecen juntos y, tal vez por eso, ella no duda en ignorarle ampliamente, rechazar sus intentos de acercamiento, y hasta pegarle algún guantazo de vez en cuando. Y es que ella sabe de sus miserias, le ha visto en momentos digamos "comprometidos", estilo vomitonas, cambios de pañal etc, y parece que su encanto personal con ella no funciona. Os dejo una foto de hace algunos meses, bañándose juntitos en amor y compañía, antes de que Carolina le declarara persona non grata. Ya se sabe, amores reñidos...
Me encanta, y me llena de orgullo maternal, que tenga ese talento innato para ganarse a su público. En estas últimas semanas ha descubierto que los otros niños pueden ser muy divertidos, especialmente los mayores, y hace todo lo que puede para llamar su atención y que le dediquen unos minutos de juego. Se lo pasa de miedo con sus primos Elena y Álvaro, pero su magnetismo no se limita a la familia, nada de eso, él se gana a quien se le ponga por delante, y si en el parque, o en plena calle, vé a algún niño de entre tres y 10 años, se dirige a él en su jerga incomprensible como diciendo, jugamos? Generalmente lo consigue y entonces parece que el resto del mundo desaparece y él es el niño más feliz del mundo. Una vez que tiene a su presa, no la deja escapar fácilmente, y no tiene problemas en perseguirla, o llamarla a voces si osa marcharse de su campo de su campo de visión: "nenaaaaaaa", "neneeeeeeee", grita mi lechón a todo lo que le dan los pulmones. De vez en cuando premia a sus víctimas con algún mua para que vean que él no solo pide, que también dá.... Y las niñas (que son casi siempre niñas, qué le vamos a hacer) se quedan algo perplejas por esos repentinos ataques de cariño, pero en general no se quejan, debe de ser que les gusta.
El muy zalamero, ha aprendido a hacer que le perdonemos sus travesuras a base de caricias y sonoros muás en cuanto nos ve enfadados. Sabe como utiilizar la sonrisa y la carcajada, , dosifica como nadie los besos y los cariños, que siempre están a punto para ganarse a tíos, primos y abuelos, pero que a nosotros, los "de casa", nos los "vende" más caros.... todo un conquistador está hecho mi lechón, ¿se hará político? ¡Quién sabe!
sábado, 6 de febrero de 2010
Comiditas
Manuel siempre ha comido muy bién, tanto en cantidad como en variedad, pero de un tiempo a esta parte se está volviendo muy especialito con el tema de la comida. Le gustan cuatro o cinco cosas: la sopa es su plato estrella, y es su cena unos cuatro días a la semana. También le gusta la tortilla de patata (con cebolla, mucha cebolla), el puré de verduras, las albóndigas, de ternera o pollo, y la pasta. La fruta no quiere ni verla, y como mucho chupa un par de gajos de mandarina de vez en cuando o se come medio plátano. El pescado lo tolera pero hay que insistirle bastante. El arroz no parece que le guste mucho, y cuando le dí a probar el arroz con leche (que me sale buenísimo por ora parte) vomitó sin miramientos a la primera cucharada.
En general lo de masticar no le entusiasma, y se cansa enseguida. Hasta el punto de que a estas alturas le siguen gustando mucho los potitos. Le consulté a la pediatra, que es la mujer más parca en palabras que podáis imaginar, y me dijo que no me preocupara, que si tenía que triturarle la comida una temporada no era problema. El caso es que de eso hace más de dos meses y no parece que tenga intención de cambiar. ¡Me veo dándole purés con doce años!
Alimentado está, porque sigue tomándose su bibe de desayuno y antes de dormir, y además cuando el menú le gusta se lo come de maravilla. Sin embargo, me preocupa que ha tomado la costumbre de vomitar en cuanto la comida no le gusta demasiado. Él solito se provoca el vómito, empieza con una arcada y acaba echándolo todo. Y lo hace bastante amenudo, unas dos o tres veces por semana. ¿A alguna le ha pasado algo así?
En general lo de masticar no le entusiasma, y se cansa enseguida. Hasta el punto de que a estas alturas le siguen gustando mucho los potitos. Le consulté a la pediatra, que es la mujer más parca en palabras que podáis imaginar, y me dijo que no me preocupara, que si tenía que triturarle la comida una temporada no era problema. El caso es que de eso hace más de dos meses y no parece que tenga intención de cambiar. ¡Me veo dándole purés con doce años!
Alimentado está, porque sigue tomándose su bibe de desayuno y antes de dormir, y además cuando el menú le gusta se lo come de maravilla. Sin embargo, me preocupa que ha tomado la costumbre de vomitar en cuanto la comida no le gusta demasiado. Él solito se provoca el vómito, empieza con una arcada y acaba echándolo todo. Y lo hace bastante amenudo, unas dos o tres veces por semana. ¿A alguna le ha pasado algo así?
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