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miércoles, 6 de junio de 2012

Mi niño de cuatro años

Mi niño de cuatro años es atrevido y curioso. Se relaciona increíblemente bién con niños y niñas de todas las edades, mientras con los adultos saca las uñas a la mínima. No es que sea vergonzoso, pero enseguida muestra su peor cara cuando hay mayores alrededor, y es aún peor si los mayores íntentan, ilusos, demandar su atención . Me cuesta horrores que salude con naturalidad, que diga gracias y por favor, y casi he renunciado a que dé besos porque eso es ya misión imposible. Cuando está de buenas, en cambio, es capaz de mostrar su lado más gracioso y no tiene problemas en pedirle al camarero un vaso de agua o preguntarle con mucho morro si tienen patatas fritas. ¡El interés le quita la vergüenza! Estamos trabajando en ello...

Mi niño de cuatro años se pirra por los dinosaurios, y está (mos) aprendiendo muchísimo a cerca de las distintas especies, la época en la que vivieron, el lugar donde se encontraron sus restos, lo que comían o su tamaño. Le encanta que le lea sus libros de dinosaurios, y también que veamos en el ipad de papá esta fantástica página, Dinoguía, con fichas muy detalladas sobre cientos de especies diferentes. Estamos los dos para vernos, metidos en la cama con el ipad en la mano... pero mi niño pertenece sin duda a la generación digital.

Mi niño de cuatro años es bastante trasto en el cole y su profesora se queja de que no logra captar su atención. Quiere jugar constantemente, no hace caso a lo que le preguntan y rompe el ritmo de la clase, dice tonterías para hacer reír a sus amigos. Desde luego, parece que le funciona porque es muy popular en su clase. Celebramos su cumple el pasado sábado y vinieron más de la mitad de los niños de su clase, incluidos dos de los más mayores, que tienen ya cinco años. No me hace ninguna gracia que se porte tan mal y estoy tratando de encontrar alguna estrategia para corregirle, ¿alguna idea?

Mi niño de cuatro años por fín come fruta y verdura, y ésto no creía yo que podría decirlo hace un añito nada más. Le encanta el brócoli, las judías verdes, el puré de espinacas, el tomate y las zanahorias crudas. También le gusta la sandía, las fresas, y de vez en cuando algún plátano y manzana, aunque con la fruta es más selectivo. Después de pasar sus tres primeros años sin apenas probar la fruta y tomando la verdura exclusivamente en puré, me siento orgullosa de haberle hecho pasar por el aro por fin, con mucha insistencia y paciencia, porque enseñar a comer a un niño es regalarle salud para toda su vida.

Mi niño de cuatro años quiere casarse con su mami, con Blum (una de las hadas de las Winx) y con Rapunzel (el orden es aleatorio según el día).  A esta lista de amores se puede añadir alguna niña de su clase de vez en cuando. Me dice que me quiere casi todos los días, me dá abrazos y besos sin que tenga que suplicárselo como antes, y en general está pasando por un momento absolutamente adorable en lo que a mami respecta. Aunque sigue estando loco por su padre también, lejos quedan aquellos oscuros días de "papi mejor" que tan mal me lo hicieron pasar. Cuando se porta mal y me enfado con él, llora amargamente y me pide que le abrace... el muy zalamero, y claro, me deshago de amor.


Mi niño de cuatro años quiere ser "paleontogolo", aunque como siga siendo tan buen estudiante para mí que no va a llegar ni a aprendiz. Está tan entusiasmado con los dinosaurios que desde que ha descubierto que hay una profesión basada en encontrar fósiles de sus animales favoritos, lo de aspirante a superhéroe pasó a la historia.

Pero como los preparativos de la fiesta llevaron su tiempo, mi niño de cuatro años tuvo el sábado una fiesta de cumpleaños de superhéroes, porque la organización del evento había empezado antes de que decidiera hacerse "paleontogolo". La fiesta fue un éxito: muchos niños, muchos gusanitos, muchas chuches, piñata,  tarta, y sobre todo muchos más regalos de los que necesita.

Mi niño de cuatro años va a ser todo un hermano mayor en menos que canta un gallo. Su mami va a dejar de ser para él en exclusiva y me temo que será muy pronto.

viernes, 19 de agosto de 2011

Con un coche en cada mano

En estas larguísimas vacaciones el lechón sufre verdadera hambruna de contacto con otros niños. Madrid está medio desierto, y las altas temperaturas no permiten muchas horas en la calle, así que pasa más tiempo en casa y entre adultos del que seguramente le gustaría. Procuro que tenga todos los días un ratito de contacto con niños, así que cuando el sol afloja bajamos al parque a la caza de amiguitos con quienes jugar. Y cuando digo a la caza, me refiero de verdad “a la caza”.

Desde que volvimos a España, el lechón ha adquirido una depurada técnica para hacer amigos. Consciente del poder de los juguetes, nunca olvida llevar dos coches (ni uno ni tres ni cinco, tienen que ser dos) porque a él lo que le gusta es el juego en pareja. Baja al parque con un coche en cada mano y allí espera a su presa con ilusión. Si ese día tenemos la mala suerte de que solo haya un bebé, se sienta y espera pacientemente porque él es “muy mayor” para jugar con bebés. A veces, cansado de esperar, intenta que el bebé le haga caso, pero pronto se dá cuenta de que no hay manera y la emprende con el padre o madre de la criatura e inicia una conversación surrealista a cerca de los coches (“mira, este me lo compró mi nana y éste es mi favorito, éste es black…”) Le encanta abordar a los progenitores y puede contarles la vida y milagros de sus coches o cualquier otra cosa, que es él la mar de comunicativo… “Esta es mi mamá, mi papá está trabajando y tengo una moto en casa, me porto muy bien y me van a llevar al cine…. Bla bla bla” El padre o madre, entre divertido e incómodo, trata de centrarse en su periódico o en su propio enano, pero Manuel no se rinde fácilmente e insiste hasta que consigue tener una pequeña conversación. Cuando por fin aparece una buena presa: niño (la mejor opción) o niña (si le hace caso también le sirve) de entre 3 y 6 años, Manuel deja al papá tranquilo y “ataca” a la criatura con un coche en cada mano. Le hace entrega del vehículo que habrá de usar, haciendo gala de las buenas maneras que le hemos enseñado: “quieres jugar conmigo? Me llamo Manuel, tú té te llamas? ¿Tú té tienes de los años?” (ésta es su enrevesada manera de preguntar cuántos años tienes, y me parece tan adorable que me resisto a corregirle). El que la sigue la consigue, así que éste es el preludio de una gran amistad que durará no más de una hora, con suerte, pero que el lechón exprime al máximo porque, como os decía, está muy necesitado. 

martes, 26 de octubre de 2010

Nuevos amigos


Después de las larguísimas vacaciones de "mid-term" Manuel ha vuelto a la Escuela Infantil. Lo cierto es que estos primeros días está yendo con algo de desgana y llora un poquito cuando le dejamos allí, pero me dicen que después de marcharnos está perfectamente integrado y se lo pasa pipa. Ahora ya va a jornada completa, de lunes a viernes y de nueve a dos.
Su compañero de juegos favorito se llama Owen. Es un niño estadounidense, de Seattle, y tiene unos seis meses más que Manuel. Les encanta estar juntos, aunque los motivos de tanto entusiasmo son un gran misterio para mí, por que se pasan el día peleándose. Parece que el problema fundamental es de comunicación, no se entienden, luego todo lo solucionan a golpes.  Aunque hay que reconocer que el que inicia las peleas es Owen, que tiene la mano bastante larga, y a la mínima se lía a guantazos. Manuel sabe defenderse, se encara con él y le grita: "para Owen, para". Es entonces cuando un adulto acude y encuentra a Manuel arrinconado y a Owen atizándole como puede... igualito que en un ring de boxeo. Algunas veces Manuel le devuelve el golpe, e incluso ha llegado a morder, pero casi siempre se limita a decirle que pare. Lo hace tan a menudo que Owen ya sabe que "para" significa "stop". A ver si al final van a aprender los demás más español que Manuel inglés.
 A raíz de la amistad entre los peques también nosotros hemos entablado relación con los padres de Owen, y vienen a casa a menudo para que los críos jueguen.  Me gusta mucho ver que Manuel sigue siendo bastante generoso con sus cosas. Me derrito cuando le da uno de sus coches a Owen según entra por la puerta diciéndole "toma Owen". Me llena de orgullo ver que es amable y sabe compartir, aún más teniendo en cuenta que aquí en Bali tiene poquitos juguetes, nada que ver con la cantidad ingente de cosas que tenía en Madrid .
En general, sigue siendo un niño bastante sociable, aunque ahora lo es mucho más con los de su tamaño que con los adultos, a quienes de primeras suele rechazar de plano. Ha desarrollado una mezcla entre timidez  y miedo hacia la gente nueva, y sospecho que tendrá algo que ver con que desde que llegamos a Bali todo el mundo hable "tan raro". En su pequeña cabecita debe de pensar que la gente se ha vuelto un poco loca, y dirá "ahora que yo empezaba a entenderles y se han estropeado todos a la vez..." En cambio, con los niños no tiene problema, y se acerca a los desconocidos en cualquier parte para jugar con ellos. Es increíble lo universal que es el lenguaje del juego, sin entenderse una palabra los niños pueden pasar ratos estupendos juntos, mientras los adultos necesitamos subtítulos para todo. En ese aspecto los niños tienen mucho que enseñarnos, ¿no os parece?
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