Estos días estoy algo enfadada con el mundo, y particularmente con Madrid. Me cuesta imaginar una ciudad más hostil que ésta para los niños. Supongo que Nueva York, Paris o Londres serán por el estilo, pero al menos, si vives en una de esas grandes capitales te encuentras con tus actores favoritos en el supermercado, paseas por la rivera del Sena de vez en cuando, o ves los estrenos de cine antes que nadie. Mientras tanto, en Madrid me da la sensación de que tenemos todas las desventajas de vivir en una capital, pero realmente la parte buena apenas la catamos. Y con un lechón de 19 meses, ya ni os cuento.
Este invierno se nos está haciendo eterno, y eso que ha empezado tarde. Me encanta llevar a Manuel al parque (bueno, en realidad me aburre muchíiiiimo, pero me encanta porque él se lo pasa pipa, y además se queda agotado, con lo que después duerme de maravilla). Pero con este frío hay días que sacarle a la calle no es una opción, y entonces las alternativas se reducen a:
1.quedarte en casa procurando llenar las eternas horas sacando los juguetes uno a uno o inventando juegos sobre la marcha o dejándole al pobre en manos de la tele, que por suerte le encanta;
2. Visitar a algún amigo (mejor uno con hijos, si quiero que siga siéndolo después de la visita) o familiar para amenizarle la tarde;
y 3. Ir al centro comercial, que parece ser el único sitio donde la temperatura es superior a 0 grados y admiten niños menores de tres años, que aún no están en edad de piscina de bolas, ni de cine, ni de talleres,ni de nada que no sea dar golpes a todo lo que pillan y volver locos a sus padres. Antes de ser madre ya no me gustaban los centros comerciales, pero es que ahora los aborrezco. Están siempre atestados de gente, hay que hacer interminables colas para el parking, para ir al baño, para pagar, para sentarte en la cafetería….Claro, si es que todos hacemos lo mismo, no hay opciones.
Cuando el lechón eramás mueble más bebé, iba tan contento en la sillita mirándolo todo y sonriendo a las viejecitas que le hacían monerías. Ahora en cambio, a las viejecitas les grita “NO” en cuanto se acercan. Le sienta fatal estar en el cochecito, y la verdad es que lo entiendo, pero a ver quién se atreve a llevarle de la mano entre la multitud y, a la mínima de cambio, que salga corriendo y se pierda. Además, al rato de paseo se sobreestimula y se empieza a poner nervioso e irascible. Últimamente ha descubierto las atracciones llenas de vivos colores que hay por doquier: me refiero a las motos, coches, caballos, rinocerontes, trenes, elefantes…. Que por el módico precio de 1€, a veces más, se mueven adelante y atrás durante como mucho 1 minuto y medio al compás de una música imposible. Ya que por desgracia no los prohíbe la ley, este tipo de artilugios deberían estar escondidos tras cortinas negras, para evitar las descomunales pataletas que provocan. Y a mí también me gustaría tener una pataleta cuando, como este último domingo, paso dos veces por delante del escaparate de ZARA EN REBAJAS, ¡¡SEGUNDAS REBAJAS!!, y no puedo ni plantearme entrar, ¡qué crueldad! Así que al final terminamos los dos, o los tres si vamos en familia, cabreados como monos, yo por no poder satisfacer mis ansias consumistas y por el estrés de que el lechón gruñón se tire al suelo en cada esquina, y él porque quiere hacer mil una cosas y a todas le digo que no, y pobre, al final va con los deditos amoratados de tan fuerte que le agarro de la mano, y por que en general la situación supera con creces su tolerancia a la frustración, ya de por sí escasa.
Este invierno se nos está haciendo eterno, y eso que ha empezado tarde. Me encanta llevar a Manuel al parque (bueno, en realidad me aburre muchíiiiimo, pero me encanta porque él se lo pasa pipa, y además se queda agotado, con lo que después duerme de maravilla). Pero con este frío hay días que sacarle a la calle no es una opción, y entonces las alternativas se reducen a:
1.quedarte en casa procurando llenar las eternas horas sacando los juguetes uno a uno o inventando juegos sobre la marcha o dejándole al pobre en manos de la tele, que por suerte le encanta;
2. Visitar a algún amigo (mejor uno con hijos, si quiero que siga siéndolo después de la visita) o familiar para amenizarle la tarde;
y 3. Ir al centro comercial, que parece ser el único sitio donde la temperatura es superior a 0 grados y admiten niños menores de tres años, que aún no están en edad de piscina de bolas, ni de cine, ni de talleres,
Cuando el lechón era
Y las demás, ¿qué hacéis con los niños en pleno invierno cuando la casa se os cae encima?
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