miércoles, 5 de junio de 2013

Nueve años


El sol lucía con ganas aquel 5 de junio de 2004, las mismas ganas con las que emprendimos nuestro futuro juntos, nuestra vida con las manos entrelazadas. Aquel 5 de junio nos prometimos amarnos, y hemos hecho mucho más. Hemos hecho locuras, hemos tomado nuevas sendas, encontrando piedras, acertando a veces, equivocándonos también. Hemos dado vida y la casa se ha llenado de risas, de alegría, de caos y de ternura. Nueve años juntos, de la mano, mirándonos a veces el uno al otro, pero sobre todo mirando en la misma dirección. Feliz aniversario, gracias por ser también marido ejemplar.

jueves, 30 de mayo de 2013

Cinco años

Hoy mi niño cumple cinco años y no deja de sorprenderme lo mayor que se ha hecho.
Razona como un adulto muchas veces, sabe infinidad de cosas, y tiene esos arranques de adolescencia precoz que me hacen reír y me mosquean a partes iguales. Dice que ahora va a tener que dejar de llamarme "mami" porque ya cumple cinco y los niños mayores dicen "mamá". A mí me suena bién cualquiera de las dos cosas, siempre que no le dé por llamarme por mi nombre o alguna modernidad del estilo.

Puede ser lo más arisco del mundo y negarse siquiera a mirarme a la cara cuando llego del trabajo, o acurrucarse jugando a ser de nuevo un bebé para recibir de golpe todo el cariño que no pide. A veces le gusta que le abrace muy fuerte, y me dice que me quiere hasta la luna ida y vuelta. Otras, me pregunta si ya solo quiero a Julio y no a él, o me dice que él quiere a papi más que a mí porque es "el más guay". Los celos están presentes pero, de alguna forma, se las ingenia para aparcarlos y darle a su hermano todo el amor del mundo con solo mirarle. No quiere que nuestro bebé crezca, y yo tampoco.

Mi lechón tiene un carácter fuerte y un corazoncito frágil. Se lleva bién con todos los niños, sabe relacionarse muy bién y es generoso y amable. Le gusta mucho jugar con niñas a "papás y mamás", pero también puede pasar horas pegándole al balón. Con los adultos sigue siendo bastante cardo tímido, y aún no consigo que salude y se despida con normalidad. En casa se porta cada vez mejor, vá aceptando  que las normas están ahí para cumplirse, asume algunas responsabilidades (recoger sus juguetes, su ropa, poner la mesa...) y en general la convivencia vá siendo más fácil. Parece que tantos años repitiendo las cosas van dando frutos. Sigue teniendo constantes cambios de humor, pero ya no tiene rabietas, aunque se ha vuelto muy "sentido", y cuando me enfado seriamente con él llora desconsolado hasta que consigue que le perdone y le abrace.

Yo cumplo hoy también cinco años como madre, y, al igual que el lechón, he aprendido en el camino muchas cosas. También igual que él, me queda toda una vida para seguir aprendiendo, para crecer como madre y como persona. Hoy ando desbordada organizando una fiesta de tiburones que me tiene atacada hace dos semanas. Lo hago con tanto cariño e ilusión que espero disfrutar de la fiesta tanto como mi cumpleañero. Una de las mejores cosas de ser madre es poder volver a la infancia de vez en cuando y vivir con emoción las pequeñas alegrías, que son después de todo la materia de la que está hecha la felicidad.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Matronatación

Sabía que nadar con un bebé es una experiencia maravillosa, y ahora lo estoy disfrutando por segunda vez. Cuando el lechón tenía ocho meses también fuimos a matronatación, e igual que entonces, hace ya cuatro años, a boquerón le encanta el agua y disfruta muchísimo chapoteando y familiarizándose con el medio. Además, desde que se acabó la baja maternal, el pequeño no tiene a menudo la compañía de mami en exclusiva, así que la matronatación es una excusa buenísima para pasar un rato los dos solos una vez a la semana, sin interferencias ni interrupciones de su hermano mayor.

La clase consiste en media hora de ejercicios acuáticos en los que el bebé va siempre en brazos de su madre pero se le va dando cada vez una mayor autonomía. No se trata de que el bebé aprenda a nadar, algo que raramente hará antes de los tres años, sino de que se encuentre a gusto en el agua y disfrute de ella con naturalidad y la seguridad de tener a su madre al lado. Aprenden a flotar agarrados al churro, a sujetarse en el bordillo, a mover piernas y brazos y cosas así. Después de mi experiencia con el lechón estoy aún más convencida de los beneficios de estas sesiones, ya que he visto una evolución muy buena en él, que aprendió a bucear casi sin ningún esfuerzo, puede flotar sin manguitos desde los tres años y no ha tenido nunca miedo a sumergir la cabeza, cosa que he visto que les pasa a muchos niños cuando empiezan a recibir clases de natación más mayorcitos.

Si los bebés están cómodos en el agua, se les sumerge la cabecita para que buceen unos segundos y aprendan, o recuerden, cómo cerrar la glotis para no tragar agua. Es curioso que la mayor parte de los bebés reaccionan muy bién a la zambullida, y que normalmente nos asusta más a los padres ver a nuestros hijos bajo el agua, mientras ellos salen a la superficie con una sonrisa en la cara. Es el caso de Julio, que disfruta tanto de las clases y muestra tantas ganas y entusiasmo que la monitora le llama ya "el Michael Phelps de los bebés". ¡Por algo le llamamos boquerón!

domingo, 14 de abril de 2013

Mi abuela


Recuerdos de hace ocho o diez años vuelven hoy a mi memoria. Los tenía aparcados porque resultaban demasiado dolorosos pero, curiosamente, hoy me sirven de consuelo. No quiero que los últimos años de la vida de mi abuela, tiempos de deterioro y decrepitud, empañen tantas y tantas memorias de su cariño a la gallega. Un cariño que ella no demostraba como una abuela común. No daba besos sonoros ni malcriaba comprando regalos o helados. Ella vivió la posguerra y no estaba por mimar a sus nietos ni sabía qué era eso. Lo hacía sin embargo, nos malcriaba sin darse cuenta, siempre frente a los fogones, preparándonos de postre, un martes cualquiera, arroz con leche o plátanos fritos.

Mi abuela escribía con una preciosa y temblorosa letra de caligrafía. La ortografía no era lo suyo pero sumaba y restaba a toda velocidad, repasando los números con un lápiz de punta gruesa y rayas amarillas y negras. Las cuentas fueron lo suyo, ella llevaba al dedillo los números de la tapicería, y eso que tuvo que dejar la escuela muy pequeña para cuidar a su madre enferma. Debió de ser muy duro para ella porque lo recordaba a menudo. Era coqueta, nunca perdonó la peluquería semanal, y se teñía su abundante cabellera de rubio platino. Aún puedo verla depilándose las cejas frente a la ventana y pintándose los labios muy despacio, se notaba que disfrutaba haciéndolo. Se ponía muy guapa para la misa del domingo, y salía airosa, como la Flor de la Canela, del brazo de su amor, mi abuelo David.

Ella le llamaba Daví, sin la d final, porque el acento gallego la acompañó toda la vida. Tampoco pronunciaba la “C” de “perfecto” y se preocupaba mucho de taparnos con chaquetas y batas porque, advertía, “podéis enfriar”.

Tenía la increíble capacidad de dormirse en cualquier lugar y circunstancia, no importaba el ruido que hubiera alrededor:  ella no perdonaba su “cabezada” después de comer, con las voces del telediario de fondo. Cuando se despertaba, con cara somnolienta musitaba “qué es?”.  Después se levantaba deprisa, no se quedaba sentada para ver la novela, porque ella trabajaba, trabajaba mucho y hasta muy tarde, como solo una mujer gallega puede y sabe hacerlo.  Así, con el bocado en la boca, salía presurosa para reanudar su tarea de cortar, coser y casar dibujos en la tapicería, al lado de David, su compañero, su amor y su vida.

Los recuerdos de mi abuela huelen a empanada, a leche frita, a filetes rebozados y a filloas. Ella sabía cocinar cuatro cosas pero lo hacía mejor que nadie. Hace ya mucho que extraño sus guisos y sus sonrisas. 

Después de comer a ella le gustaba tomar el “dulce” acompañado de una copita de coñac, y siempre protestaba negando con la mano porque le servíamos mucho… aunque al final se lo bebía enterito. Nunca existió nadie más feliz que mi abuela cuando tenía“el dulce” en una mano y su copita en la otra.
Así me gustaría recordarla. Feliz comiendo el postre, o vestida para ir a misa, como un brazo de mar, con el bolso y los zapatos rojos haciendo juego y del brazo de su David. Tan airosa, tan ufana, con su espalda bién recta. No quiero que el Alzheimer me robe también estos recuerdos, además de haberme robado los últimos años de mi abuela. Descanse en paz.

domingo, 7 de abril de 2013

Jornada escolar continua: ¿sí o no?

El colegio del lechón ha iniciado un procedimiento para modificar la jornada escolar. El proyecto consiste en cambiar el horario habitual, de 9 de la mañana a cuatro de la tarde con el consiguiente descanso a la hora de comer, por una jornada continua de clases sólo por la mañana. Según la información enviada por el cole, pese a tratarse de una jornada más corta, no hay una disminución de las horas de clase, solo que están comprimidas para "reorganizar" el horario, que pasaría a ser de 9h. a 14h. Los niños tendrían cinco sesiones de clase de 50 minutos cada una con un descanso a media mañana. A continuación, seguiría funcionando el servicio de comedor, con recreo hasta las 16h. De esta forma, aquellos afortunados cuyos padres se puedan permitir recogerles a las 14h. se van a casa felices cual perdices a disfrutar de buenísima comida casera, para a continuación dormir la sagrada siesta, tirarse a la bartola, o hacer lo que les dé la gana toda la tarde

Cuando por primera vez leí la información que envió el cole, me pareció que para los niños supondría una increíble mejora de la calidad de vida. De hecho, cuando volvimos de Bali, donde la escuela infantil cerraba sus puertas a las tres como muy tarde, los horarios en España me parecían maratonianos para los pobres peques. Me daba pena que tuvieran que pasar allí casi todo el día... Sin embargo, no es más que un reflejo de la vida que llevamos los mayores. La jornada laboral española, tan absurda como poco compatible con la vida familiar, obliga a que los niños, sobre todo los más pequeñitos, pasen en el cole tantas horas. ¿La solución? Para mí no está en cambiar de raíz el horario del cole, sino en mejorar los horarios de trabajo de los padres: crear jornadas laborales más flexibles, horarios continuados, olvidar el descanso de dos horas para comer, y que los jefes dejen de poner las reuniones a las cuatro de la tarde de  una puñetera vez.

Por suerte el proceso de cambio en el cole está sujeto a la votación de padres y maestros. No me cabe duda que los profesores están en pro del cambio -yo si fuera profesora haría lo mismo-y para ello han organizado una jornada informativa, me imagino que en aras de convencernos de las bondades del horario matutino. Aunque no he podido asistir a la reunión, por sentido común imagino que los niños rinden más por la mañana, que después de comer las clases se convierten en una batalla campal, que los niños están atocinados y no hay quien haga que 25 chavales atiendan al profesor a las tres y media de la tarde y en mitad de la digestión.

Tampoco he asistido a las tres o cuatro reuniones convocadas por el AMPA, en las que, por lo que he estado leyendo, se han manifiestan en contra de la jornada continua, porque según ellos supone una disminución de horas lectivas encubierta, y nos alertan del peligro de que, a la larga, se suspendan servicios como el comedor escolar, las actividades extraescolares, la ruta... para que, al fin y a la postre, todos los niños tengan que salir a las dos de la tarde, y allá te las apañes.

El próximo 12 de abril será la votación y aún estoy indecisa. Quiero hacer lo que sea mejor para Manuel (y para Julio en el futuro) independientemente de lo que a mí me venga bién. Y aunque la jornada continua puede llegar a ser un problema en caso de que se cumplan los vaticinios del Ampa, es tal vez más cómoda de llevar, y quizá de verdad mejore el rendimiento académico de los niños. ¿Alguna opinión?
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