Seguramente ya he comentado aquí lo importantes que son las abuelas de Manuel. Más que importantes: FUN-DA-MEN-TA-LES. Ambas derrochan cariño y ternura hacia el lechón, le llevan al parque, le sacan de paseo, le compran ropita y juguetes, le dan la merienda... Y se quedan con él cuando papá y mamá necesitan un "kit-kat" de la difícil tarea de la paternidad. Así, nosotros podemos hacer esas cosas que antes no valorábamos nada y ahora nos hacen suspirar: salir a cenar, al cine, o incluso de fin de semana...
Pero, llega el mes de julio y las abuelas, cual si fueran golondrinas, emigran a la playa. Así, sin contemplaciones, sin rellenar un cuadrante vacacional para evitar coincidencias... ¡Les parecerá bonito! Y nos dejan abandonados a nuestra suerte, sin recursos, ni descanso.
La vida sin abuelas es mil veces peor. Ayer nos invitaron a una cena libanesa en el Hotel Intercontinental. El plan no podía ser más apetecible, habían traído un chef de esos con "nosecuantasestrellas" y la degustación prometía ser histórica... Pero sin abuelas, nada que hacer. Intentamos que se quedara Lara, la sobrina de David, que está estudiando para ser profe de infantil y así hace prácticas... pero no coló. Tiene 20 años, era viernes noche y tenía planes, lógico! Así que anoche "disfrutamos" como nunca de la paternidad. Y no parece que esta noche vaya a mejorar la cosa.
En fin, menos mal que está para comérselo. ¿o no?




